BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Quiero sentir el pie frío
y el suelo gélido, y la luciérnaga
ambarina que cuelga de un hilo,
y las excéntricas formas anudadas
al corazón como de viento.
Quiero sentir el suelo frío
y el injerto automático de las nocivas
bondades de aquellos que hieren
montañas ríos lechos obligados manantiales,
y perseverar en la doctrina de mis ancestros.
Quiero consumir las bocas atipladas
como síntoma de mi consunción, y voltear
los rayos austeros y profanar sábanas encubiertas.
Látigo precisa quien lleva un silabario en la mano.
Quiero sentir nuevamente el frío del sol
en el brazo de alabastro, en el mármol del dios,
que acudió en mi defensa con filamentos de ternura,
hasta aborrecer la carne maltrecha que impuso
con su brusquedad apaciguada de materia.
El formol de los ídolos, el cloroformo de las liturgias,
ese aturdido género que consume revistas
y golpea con faroles negros las viviendas de los contrabandistas.
Quiero nacer entre subterráneos y millones
de rostros todavía anónimos, y formar una o dos familias
contrarias a todo régimen de propiedades.
Quiero revivir entre los brazos de los bípedos,
con su peculiar forma de argolla, y su manantial
de fuerza oscura y repetitiva.
Quiero que me adoctrinen, que saquen efluvios
de mí
y machaquen triturando el espejo de los bosques
de entre la maleza.
Quiero las gárgolas, los depósitos de gasolina,
los promovidos cantos de acetileno y gasógeno,
la imantada charca donde todo sucede.
Y sólo entonces, derribar los ideogramas,
y plantar mi semilla de huevo oscuro.
©
y el suelo gélido, y la luciérnaga
ambarina que cuelga de un hilo,
y las excéntricas formas anudadas
al corazón como de viento.
Quiero sentir el suelo frío
y el injerto automático de las nocivas
bondades de aquellos que hieren
montañas ríos lechos obligados manantiales,
y perseverar en la doctrina de mis ancestros.
Quiero consumir las bocas atipladas
como síntoma de mi consunción, y voltear
los rayos austeros y profanar sábanas encubiertas.
Látigo precisa quien lleva un silabario en la mano.
Quiero sentir nuevamente el frío del sol
en el brazo de alabastro, en el mármol del dios,
que acudió en mi defensa con filamentos de ternura,
hasta aborrecer la carne maltrecha que impuso
con su brusquedad apaciguada de materia.
El formol de los ídolos, el cloroformo de las liturgias,
ese aturdido género que consume revistas
y golpea con faroles negros las viviendas de los contrabandistas.
Quiero nacer entre subterráneos y millones
de rostros todavía anónimos, y formar una o dos familias
contrarias a todo régimen de propiedades.
Quiero revivir entre los brazos de los bípedos,
con su peculiar forma de argolla, y su manantial
de fuerza oscura y repetitiva.
Quiero que me adoctrinen, que saquen efluvios
de mí
y machaquen triturando el espejo de los bosques
de entre la maleza.
Quiero las gárgolas, los depósitos de gasolina,
los promovidos cantos de acetileno y gasógeno,
la imantada charca donde todo sucede.
Y sólo entonces, derribar los ideogramas,
y plantar mi semilla de huevo oscuro.
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