Dejadez

IgnotaIlusión

El Hacedor de Horizontes
En las alturas zozobra
el temple andrajoso de un dios harto,

aunque temprano la calma florece,
entre nubes lapidarias
de un dios ahora muerto,

ahora las cimas del cielo, alumbran,
al suspiro del arrepentimiento,
al ángel que anhela ascender,

ascender como vida,
como valor de entregarse a la muerte,
aún sabiendo que el alma
puede llegar a perderse,

como ave en el mar,
o como ancla olvidada,

más al fondo,
lucero de fuego,
las ruinas del infierno, arden,
quemando pecados y memorias,
purificando a la inhumanidad,

quisiera el afortunado encontrar fortuna,
más sabe la avaricia de temporalidad,
ya que no se apaga ni aún vencida,

las gemas del osado,
pierden suelo, y cielo,
cuando aquel,
por tiempo y por razón, es atrapado,

las rimas del tiempo son dulces,
como ramos nacarados,

y lo son,
si se aprecia cada albor de cada luna,
cada beso del sol, que es bendita fortuna,

tesoro de magma,
riqueza pesada,

desde el corazón del orbe,
se oye cantar al coloso,

demiurgo de la destrucción,
congela su sentir,
y la tierra se detiene,

la muerte huye despavorida,

la huida del final,
entre espacios y comas,
los inicios siempre se escriben,
en el alma del eterno lector sin nombre,

inmenso punto
que en realidad no es certeza,
blanco en su centro,
para escribir una vez más
la deleznable dejadez de la propia derrota.
 
En las alturas zozobra
el temple andrajoso de un dios harto,

aunque temprano la calma florece,
entre nubes lapidarias
de un dios ahora muerto,

ahora las cimas del cielo, alumbran,
al suspiro del arrepentimiento,
al ángel que anhela ascender,

ascender como vida,
como valor de entregarse a la muerte,
aún sabiendo que el alma
puede llegar a perderse,

como ave en el mar,
o como ancla olvidada,

más al fondo,
lucero de fuego,
las ruinas del infierno, arden,
quemando pecados y memorias,
purificando a la inhumanidad,

quisiera el afortunado encontrar fortuna,
más sabe la avaricia de temporalidad,
ya que no se apaga ni aún vencida,

las gemas del osado,
pierden suelo, y cielo,
cuando aquel,
por tiempo y por razón, es atrapado,

las rimas del tiempo son dulces,
como ramos nacarados,

y lo son,
si se aprecia cada albor de cada luna,
cada beso del sol, que es bendita fortuna,

tesoro de magma,
riqueza pesada,

desde el corazón del orbe,
se oye cantar al coloso,

demiurgo de la destrucción,
congela su sentir,
y la tierra se detiene,

la muerte huye despavorida,

la huida del final,
entre espacios y comas,
los inicios siempre se escriben,
en el alma del eterno lector sin nombre,

inmenso punto
que en realidad no es certeza,
blanco en su centro,
para escribir una vez más
la deleznable dejadez de la propia derrota.
Hay muchas derrotas y muchas victorias.

Saludos
 

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