Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
Cuando los calcetines lustrosos
inoportunaron la fachada, ese cuerpo inflado a morfina,
donde los besos merman sin fragancia paladares,
supe que eras un múltiplo de mínimos sinsabores,
un cartón piedra a la nueva usanza, mentiras que no existen,
porque desde la planta hasta el bordillo hacen falta brotes,
como si me partieran el tiempo en dos mitades,
me desvío y desvariando, sumando y descontando sueños y formularios,
un poema para mí es un cuestionario, una puerta chirriando en la penumbra,
laberintos de bocas, bocacalles,
bocas que no callan el silencio, mientras sus techumbres sin pilar,
se remueven con más cosmos que el pasado.
No recuerdo el sudor ni el sudario de mis tímpanos,
con la danza del guarismo, se hacen cabalas,
con la tempestad las lágrimas son invisibles,
me recorro de ancho en ancho,
sigues siendo tan vasta en mi fogosidad,
que mi cielo se aúpa, pusilánime.
Huyo hacia el olfato en primaveras retóricas,
contemplo el bienestar dentro de mi abismo,
negro como tu piel ensombrecida con caricias,
manos que tergiversan lo que la naturaleza adorna,
adulteran el poder de la nostalgia, milímetro a milímetro.
Llevo dentro también, ese gusto inasible por lo abrupto,
como una lengua muerta, que llega hasta la bilis,
como un fantasma ciego, que asusta con las cuencas.
Es lo mismo una lámpara de escritorio, sin aura,
que una palabra tuya, allá en el infinito, retorcida y leyenda, ya, del mapa de mis huesos.