DEL CANTO DESESPERADO DEL PEREGRINO
Ahora que la tensión que hace de las piedras
cerebros anegados ya remite
y vuelven las golondrinas
a llevar mis nidos hasta tí,
canto y me gozo de la suave
claridad de las encinas,
de la tierra y del demorado
crecer del puercoespín.
Entono el cántico otoñal
de mis últimas primaveras,
inútil canción de las manzanas que crecen
y maduran alimentando sus gusanos,
pobres seres incapaces, como yo,
de cantar acompañando el rítmico
croar de las ranas y el aullido nocturno
de los perros y sus miedos.
Canto al sol y sus máculas leprosas,
mientras recupero las piedras,
ya sin forma, y las tiendo en el regazo de la tierra.
Ha vuelto a renacer la primavera
olvidando sus colores y sus risas
y las mujeres, cautivas de sus espléndidas formas,
organizan las lentas caravanas
que llevarán a sus hijos hasta el mar.
¿Cómo puedo ya escribir palabras como piedras
si las piedras ya han perdido su sentido?
¿Cómo puedo vivir a las puertas de la muerte
esperando, pordiosero, el mensaje del señor
que me convoca?
Ay de mi ayer, tan poderoso.
Las olas envían su ruidos grandielocuentes
que arrasan aquellos más suaves
de las caracolas de la envidia.
Llega el fingido aullido del orgasmo
que sacude la impotencia de los amantes yacentes
sin una estrella entre sus muslos.
Desde los cuarteles proscritos llegan los ruidos más lúgubres
del gorgoteo de la sangre violentada
y los cerebros que revientan al ser obligados
a pensar.
Ha vuelto a renacer la primavera
pero esta vez se ha adornado como una núbil doncella
que se ofrece en redentor homenaje
a la flor asesinada.
Camino en la noche perniciosa
sobre el cielo o los tejados curvilíneos
bajo los que se incuban incestos.
(A pesar que la primavera ha vuelto
sigo peregrino, arrastrando mis pesares
como hombre.)
Ilust.: "Totes meer". Paul Nash
Ahora que la tensión que hace de las piedras
cerebros anegados ya remite
y vuelven las golondrinas
a llevar mis nidos hasta tí,
canto y me gozo de la suave
claridad de las encinas,
de la tierra y del demorado
crecer del puercoespín.
Entono el cántico otoñal
de mis últimas primaveras,
inútil canción de las manzanas que crecen
y maduran alimentando sus gusanos,
pobres seres incapaces, como yo,
de cantar acompañando el rítmico
croar de las ranas y el aullido nocturno
de los perros y sus miedos.
Canto al sol y sus máculas leprosas,
mientras recupero las piedras,
ya sin forma, y las tiendo en el regazo de la tierra.
Ha vuelto a renacer la primavera
olvidando sus colores y sus risas
y las mujeres, cautivas de sus espléndidas formas,
organizan las lentas caravanas
que llevarán a sus hijos hasta el mar.
¿Cómo puedo ya escribir palabras como piedras
si las piedras ya han perdido su sentido?
¿Cómo puedo vivir a las puertas de la muerte
esperando, pordiosero, el mensaje del señor
que me convoca?
Ay de mi ayer, tan poderoso.
Las olas envían su ruidos grandielocuentes
que arrasan aquellos más suaves
de las caracolas de la envidia.
Llega el fingido aullido del orgasmo
que sacude la impotencia de los amantes yacentes
sin una estrella entre sus muslos.
Desde los cuarteles proscritos llegan los ruidos más lúgubres
del gorgoteo de la sangre violentada
y los cerebros que revientan al ser obligados
a pensar.
Ha vuelto a renacer la primavera
pero esta vez se ha adornado como una núbil doncella
que se ofrece en redentor homenaje
a la flor asesinada.
Camino en la noche perniciosa
sobre el cielo o los tejados curvilíneos
bajo los que se incuban incestos.
(A pesar que la primavera ha vuelto
sigo peregrino, arrastrando mis pesares
como hombre.)
Ilust.: "Totes meer". Paul Nash