cuando dan un hachazo en la cabeza y saltan y chorrean los sesos y la sangre
y la toma nos sumerge y adentra por los ojos terriblemente abiertos
de la víctima,
hay quien justifica el argumento señalando que ésa sería
la pura realidad, o qué coño, que el rajado era el malo
de la película;
y cuando tipos Rambo, Harry El Sucio o el macarra de turno
entran y moviendo el pulgar o el índice en los bares
y sin más los destrozan mientras violan a la camarera sobre la mesa
y al salir le aplastan las gafas y la cara al señor que venía del teléfono
y todos quietecitos que aquí no pasa nada,
estupefactos o entre dientes tendemos a decir: ¡ qué cabrones !
pero también ¡ joder, cómo pegan ! y la película del mundo sigue y sigue;
no sé por qué recuerdo el Concierto de Aranjuez y al maestro Rodrigo,
ciego,
interpretándolo;
así están las cosas;
hasta que Tarantino no salga poniendo alguna adelfa o rosa por la casa,
cuidaros, cuidaros y reinaros mucho, mucho y muy por dentro;
pero ahora, sin embargo, reíd, aunque reíd poco;
no están los tiempos para desabrocharse sin más el cinturón ni el cinto.
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