En el viejo torreón de empacho sempiterno,un malhadado suicida de tez sin frente cuenta con el rosario de la virgen demacrada tres avemarías que se evaporan en humo de tabaco negro.Está dispuesto a lanzarse desde el negro chapitel hacia las cloacas donde miles de enanos enfermos de tifus toman la cena de la mediumnidad sacrílega.Cuando ya está a punto,la mano ardiente del demonio lo agarra de su greña enmarañada y le canta un bolero para embeleso de los oídos,abiertos como las puertas de una dominical iglesia románica.Entonces,nuestro exasperado héroe de la muerte semidesnuda se trajina un cante gitano para gloria y honor de un sur plagado de cantautores carcomidos con berzas y remolachas que nacen glamurosas de sus infestos pechos ardientes:clamando con voz gutural hacia un horizonte preñado con el feto pordiosero del sacro santo Anticristo,el cual,cuando ya está plenamente formado,es parido por una pecaminosa y lujuriosa monja que un borracho obispo dejó en cinta.