Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
El tren de aterrizaje también vuela.
Fue elegido en el cónclave de juguetes rotos.
La frondosidad de la libélula avista el otoño al entrar en un túnel.
Una mosca vacía la telaraña.
Más insectos en un baile de fin de curso buscan pareja.
El amor les da alcance con una lengüetada.
La rana, o el sapo príncipe, agua y tierra, arma las marionetas para un duelo atómico.
El teatro se rompe a aplaudir el último asesinato.
Y el que queda solo, al final de la obra, se lleva toda la gloria.
Todos tenemos también algo de asesinos.
Nos manejamos bien a sangre fría, vivos o muertos.
Y es que el hombre es el retrato de una cosecha.
Y el espejo, colmado de imágenes, a mil fotos por segundo, día tras día, una tomadura de pelo.
Evidentemente, no es una lombriz de agua quien madura antes del chapuzón.
Como tampoco una araña sentada hace punto de cruz.
Ni un diván en órbita es una consulta por Internet.
La inventiva del hombre tiene un límite:
Pensar que con todo lo que habla no dice absolutamente nada.
Pensar que escribir automáticamente es como darle un cachete a un tiburón martillo.
Esto no es un examen para ver qué mazo cierra la vista.
O sí.
Recuerdo cuando te amaba...
Y me salían lunares en la campanilla.
¿Una bonita forma de abrirme al público?
El amor no tiene límites, te puede hacer más imperfecto que un tiovivo, paralizado de derecha a izquierda.
Es como una atracción de la que siempre se quiere más.
Como si ocho tarántulas me salieran del tímpano, edifico una iglesia que solo cree en mí:
No es una jirafa con dos collejas encima.
Ni una mujer con dos cogorzas encima.
Me dijeron tantas y tantas cosas...
Ahora no me dicen nada.
Y es que el océano es como un naipe cortado, descuartizado.
¿Que quién juega a las cartas?
No hay dudas en mi número de la seguridad social, ¡las va a haber en mi poesía!
Fue elegido en el cónclave de juguetes rotos.
La frondosidad de la libélula avista el otoño al entrar en un túnel.
Una mosca vacía la telaraña.
Más insectos en un baile de fin de curso buscan pareja.
El amor les da alcance con una lengüetada.
La rana, o el sapo príncipe, agua y tierra, arma las marionetas para un duelo atómico.
El teatro se rompe a aplaudir el último asesinato.
Y el que queda solo, al final de la obra, se lleva toda la gloria.
Todos tenemos también algo de asesinos.
Nos manejamos bien a sangre fría, vivos o muertos.
Y es que el hombre es el retrato de una cosecha.
Y el espejo, colmado de imágenes, a mil fotos por segundo, día tras día, una tomadura de pelo.
Evidentemente, no es una lombriz de agua quien madura antes del chapuzón.
Como tampoco una araña sentada hace punto de cruz.
Ni un diván en órbita es una consulta por Internet.
La inventiva del hombre tiene un límite:
Pensar que con todo lo que habla no dice absolutamente nada.
Pensar que escribir automáticamente es como darle un cachete a un tiburón martillo.
Esto no es un examen para ver qué mazo cierra la vista.
O sí.
Recuerdo cuando te amaba...
Y me salían lunares en la campanilla.
¿Una bonita forma de abrirme al público?
El amor no tiene límites, te puede hacer más imperfecto que un tiovivo, paralizado de derecha a izquierda.
Es como una atracción de la que siempre se quiere más.
Como si ocho tarántulas me salieran del tímpano, edifico una iglesia que solo cree en mí:
No es una jirafa con dos collejas encima.
Ni una mujer con dos cogorzas encima.
Me dijeron tantas y tantas cosas...
Ahora no me dicen nada.
Y es que el océano es como un naipe cortado, descuartizado.
¿Que quién juega a las cartas?
No hay dudas en mi número de la seguridad social, ¡las va a haber en mi poesía!