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Dentro del Cuervo Amarillo

Évano

Libre, sin dioses.
Dentro del Cuervo Amarillo

La silueta de un cuervo amarillo se dibuja en un círculo negro. Es el letrero que sobresale de un local de copas, el que anuncia el nombre desde el fondo de un callejón donde la luz del sol entra de doce a tres de la tarde, nada más. Esta es la causa por la que los adoquines de la calle dan la sensación de estar mojados, como si siempre acabara de llover. Cuando viene viento de levante, en este callejón del casco antiguo, se respira y huele la sal del cercano Mediterráneo. A veces trae consigo el viento al ruido de los tacones del paseo marítimo, que llegan sordos y secos, casi imperceptibles. Es curioso el silencio en esta zona del peor suburbio; tan sólo se oye, de vez en cuando, el rasgar de una bolsa de basura por un gato temeroso, o el correteo de una rata hasta su refugio, un ladrido cansino y lejano, o el golpeo de la ropa colgada a secar, alguna puerta o ventana que abren o cierran, o una voz que ordena y exige de manera seca, como la ropa tendida que golpea el viento.

Son las seis de la tarde y rompe la monotonía la persiana del Cuervo Amarillo al abrir. A esa hora exacta y cada día, tuerce la esquina una mujer delgada y alta que camina hasta el final de la calle adoquinada. Luce un leve vestido de flores hasta casi la rodilla, zapatos de grandes tacones rojos, un pequeño bolso negro y un ancho cinturón marrón que cierra a la cruzada prenda de seda. No decora el cuerpo joya ninguna ni lleva ropa interior. Camina ligera. Entra en el bar y aparta del rostro el cabello largo, castaño y rizado, y deja ver al camarero una gran belleza, a pesar de las ojeras y lo mal pintado de labios, ojos y cejas. El camarero le sirve la ginebra con tónica de cada día, sin hielo ni limón. No hay nadie más en el local. Alza el brazo tatuado con dibujos de cadenas de rosas negras y se lo bebe de un trago, mirando fijamente los ojos de un camarero callado frente a ella. La mujer desabrocha el cinturón, se abre el vestido y le enseña su desnudez. Luego se marcha mientras va recolocando la única pieza de ropa.

Son las tres de la madrugada. Han pasado ocho horas y no ha entrado nadie más en el Cuervo Amarillo, como desde hace años. El camarero sabe exactamente cuantos años hace, porque cada día, después de salir la única cliente de cada día, se hace un corte en un dedo. Empezó por la parte inferior del dedo meñique, por abajo. En cada dedo veinte cortes, diez abajo, diez arriba; primero la izquierda, luego la mano derecha: doscientos en cada vuelta, y cada vuelta la anota con un corte más grande en la muñeca. Demasiadas cicatrices para las manos de un simple hombre.

Ha pasado la horas mirando el techo de cañas, pensando en tanto humo atrapado por ellas. Ha escrutado las paredes sucias de nicotina, los pegotes de gotas de pintura, un otrora estucado blanco que cuelga como babas que quieren caer a no se sabe dónde; se detuvo, como cada día, en unos cuadros de montañas, puentes, árboles y ríos que están como escondidos tras una niebla, también de nicotina. Cuelga el polvo de los timones, de redes, de remos, de balanzas romanas, de yunques, de palas y de horcas de madera que decoran el viejo local de copas, el viejo Cuervo Amarillo.

El camarero ha bebido cervezas todo el tiempo, más de veinte. De vez en cuando recorría las tablas rotas del pequeño local, se sentaba en un taburete y apoyaba los codos en la barra de madera, quemada por cigarrillos dejados en ella, y miraba impasible las copas repletas de la cal del agua, la vieja cafetera, los destartalados botelleros casi vacíos, el calendario de un valle carcomido por los ácaros, el reloj parado en un plato de porcelana de un pueblo de Andalucía.

Ha sido otro día más, otro cualquiera de los siete que tiene la semana, de cualquier semana, de cualquier mes, de cualquier año.

Son las tres de la madrugada, hora en la que vuelve la mujer, la única cliente que tiene este triste camarero, la que entra despeinada, con las pinturas de ojos y boca corridas por la cara, la que mira con ojos de agujeros negros a un hombre perdido en la espiral que envuelve a la mujer. Le vuelve a servir otra ginebra con tónica, sin hielo y sin limón. El de la noche siempre lo bebe de dos tragos. Luego saca del bolso un puñado de billetes y los deja sobre la barra. Quizás hay más de quinientos euros, pero eso da lo mismo. Vuelve a abrirse el vestido, a mostrar su cuerpo desnudo. Tiene chupetones y moratones y huele a sexo, a mucho sexo. Sale del local en silencio. Desde la esquina oye el ruido de la persiana del Cuervo Amarillo al cerrarse.

El camarero se sienta frente a la máquina tragaperras y va introduciendo billetes en el monedero y va viendo las tres ruletas como giran raudas, como se detienen de vez en cuando para volver a girar y volverse a parar un instante, un instante en el que las tres ruletas de la máquina tragaperras se van parando en malos dibujos de cerezas, soles, casas, montañas, mares, nubes, caballos, niños. Pero lo que el camarero quiere son los malos dibujos de los tres sietes de golpe. Cuando esa unión se da, la máquina se desprende de doscientas cincuenta monedas de un euro, monedas que caen al cajón metálico, un cajón con un ruido, curiosamente, metálico. Gastará todo el dinero de la mujer en ello, y quizás no consiga el premio, aunque probablemente mañana sí, y si no será al siguiente, o al otro, o al otro, o al otro, o al otro, o al otro, o al otro, o al otro...






Muchas gracias por leerme.
 
Última edición:
Cuando no tienes nada, tienes vicios... De alguna manera
hay vicios que te levantan de la cama, si no tienes hijos
ten un vicio... para durar vivo un poco más.

Está excelente!!!... Con un estilo surreal-lúgubre...

¿Dónde se llevaron a Évano?
Y yo que venía deprimente, luctuosa y de cabizbajo a levantarme
con tus locuras... pero... me voy con ganas de una ginebra con tónica,
y porque no, cortarme los dedos para no escribir más,
pero no, los necesito para mi otra pasión.

Es la evolución del escritor...,
van cambiando de estilo..., peor es ser siempre los mismos y aburrir.

Siempre un gusto venir y saber que sí o sí, voy a meterme dentro
de la historia y pegar un buen chapuzón de tinta y un viaje psicodélico...
De esos viajes que pocos logran darme, ya últimamente, más que muy pocos...


Abrazo!!
 
Es un placer leerte
me encantó visitar tu espacio poético
y disfrutar de lo publicado.
Saludos con cariño.
Siempreviva.
 
Évano;5118666 dijo:
Dentro del Cuervo Amarillo

La silueta de un cuervo amarillo se dibuja en un círculo negro. Es el letrero que sobresale de un local de copas, el que anuncia el nombre desde el fondo de un callejón donde la luz del sol entra de doce a tres de la tarde, nada más. Esta es la causa por la que los adoquines de la calle dan la sensación de estar mojados, como si siempre acabara de llover. Cuando viene viento de levante, en este callejón del casco antiguo, se respira y huele la sal del cercano Mediterráneo. A veces trae consigo el viento al ruido de los tacones del paseo marítimo, que llegan sordos y secos, casi imperceptibles. Es curioso el silencio en esta zona del peor suburbio; tan sólo se oye, de vez en cuando, el rasgar de una bolsa de basura por un gato temeroso, o el correteo de una rata hasta su refugio, un ladrido cansino y lejano, o el golpeo de la ropa colgada a secar, alguna puerta o ventana que abren o cierran, o una voz que ordena y exige de manera seca, como la ropa tendida que golpea el viento.

Son las seis de la tarde y rompe la monotonía la persiana del Cuervo Amarillo al abrir. A esa hora exacta y cada día, tuerce la esquina una mujer delgada y alta que camina hasta el final de la calle adoquinada. Luce un leve vestido de flores hasta casi la rodilla, zapatos de grandes tacones rojos, un pequeño bolso negro y un ancho cinturón marrón que cierra a la cruzada prenda de seda. No decora el cuerpo joya ninguna ni lleva ropa interior. Camina ligera. Entra en el bar y aparta del rostro el cabello largo, castaño y rizado, y deja ver al camarero una gran belleza, a pesar de las ojeras y lo mal pintado de labios, ojos y cejas. El camarero le sirve la ginebra con tónica de cada día, sin hielo ni limón. No hay nadie más en el local. Alza el brazo tatuado con dibujos de cadenas de rosas negras y se lo bebe de un trago, mirando fijamente los ojos de un camarero callado frente a ella. La mujer desabrocha el cinturón, se abre el vestido y le enseña su desnudez. Luego se marcha mientras va recolocando la única pieza de ropa.

Son las tres de la madrugada. Han pasado ocho horas y no ha entrado nadie más en el Cuervo Amarillo, como desde hace años. El camarero sabe exactamente cuantos años hace, porque cada día, después de salir la única cliente de cada día, se hace un corte en un dedo. Empezó por la parte inferior del dedo meñique, por abajo. En cada dedo veinte cortes, diez abajo, diez arriba; primero la izquierda, luego la mano derecha: doscientos en cada vuelta, y cada vuelta la anota con un corte más grande en la muñeca. Demasiadas cicatrices para las manos de un simple hombre.

Ha pasado la horas mirando el techo de cañas, pensando en tanto humo atrapado por ellas. Ha escrutado las paredes sucias de nicotina, los pegotes de gotas de pintura, un otrora estucado blanco que cuelga como babas que quieren caer a no se sabe dónde; se detuvo, como cada día, en unos cuadros de montañas, puentes, árboles y ríos que están como escondidos tras una niebla, también de nicotina. Cuelga el polvo de los timones, de redes, de remos, de balanzas romanas, de yunques, de palas y de horcas de madera que decoran el viejo local de copas, el viejo Cuervo Amarillo.

El camarero ha bebido cervezas todo el tiempo, más de veinte. De vez en cuando recorría las tablas rotas del pequeño local, se sentaba en un taburete y apoyaba los codos en la barra de madera, quemada por cigarrillos dejados en ella, y miraba impasible las copas repletas de la cal del agua, la vieja cafetera, los destartalados botelleros casi vacíos, el calendario de un valle carcomido por los ácaros, el reloj parado en un plato de porcelana de un pueblo de Andalucía.

Ha sido otro día más, otro cualquiera de los siete que tiene la semana, de cualquier semana, de cualquier mes, de cualquier año.

Son las tres de la madrugada, hora en la que vuelve la mujer, la única cliente que tiene este triste camarero, la que entra despeinada, con las pinturas de ojos y boca corridas por la cara, la que mira con ojos de agujeros negros a un hombre perdido en la espiral que envuelve a la mujer. Le vuelve a servir otra ginebra con tónica, sin hielo y sin limón. El de la noche siempre lo bebe de dos tragos. Luego saca del bolso un puñado de billetes y los deja sobre la barra. Quizás hay más de quinientos euros, pero eso da lo mismo. Vuelve a abrirse el vestido, a mostrar su cuerpo desnudo. Tiene chupetones y moratones y huele a sexo, a mucho sexo. Sale del local en silencio. Desde la esquina oye el ruido de la persiana del Cuervo Amarillo al cerrarse.

El camarero se sienta frente a la máquina tragaperras y va introduciendo billetes en el monedero y va viendo las tres ruletas como giran raudas, como se detienen de vez en cuando para volver a girar y volverse a parar un instante, un instante en el que las tres ruletas de la máquina tragaperras se van parando en malos dibujos de cerezas, soles, casas, montañas, mares, nubes, caballos, niños. Pero lo que el camarero quiere son los malos dibujos de los tres sietes de golpe. Cuando esa unión se da, la máquina se desprende de doscientas cincuenta monedas de un euro, monedas que caen al cajón metálico, un cajón con un ruido, curiosamente, metálico. Gastará todo el dinero de la mujer en ello, y quizás no consiga el premio, aunque probablemente mañana sí, y si no será al siguiente, o al otro, o al otro, o al otro, o al otro, o al otro, o al otro, o al otro...
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Definitivamente la prosa puede ser excelsa poesía.
 
Se me ha puesto la piel de gallina te lo prometo,
me ha parecido fascinante,

y es que logras meternos en escena,
me he sentado en una de esas mesas vacías
del Cuervo Amarillo.
he contemplado la escena con una copa y con tristeza.

Es verdad, ella era muy guapa y joven,
pero parecía vieja y fea, pero no lo es.

Fuerte el relato para una mañana de domingo,
perno me ha encantado y transmitido
y el mérito es tuyo.

No creo que la piel se me hubiera erizado de otra forma
si lo hubiera leído esta noche, o la noche pasada.
Un abrazo.
 
Claro que la piel no se le eriza por la noche, señora Elenita, ni siente miedo, porque por la noche se transforma en vampiresa v-b. Perdone no me ría, pero es que estamos en Semana Santa y la cosa es sería, o no, vaya uno a saber. ¡No vea lo tranquilo que he estado este tiempo jajajajja! (no he podido aguantar la risa jajajajja...). Me alegro de haberla asustado. Un abrazo de reconciliación y de ruptura del silencio, que no sé si me arrepentiré jajajjaja...
 
No me has asustado, el relato me ha encantado
Qué significa vampiresa v-b?
Y no me llamas lerda que seguimos en semana santa.
 
Évano;5130669 dijo:
Es que me tiene que hacer reír con la pregunta jajjaja... V-p son rumiantes, un chiste malo, no me haga caso, que ahora está muy tranquila y esto lo escribí de mañanita. Un abrazo y casi buenas noches, que casi me voy a dormir.
vale ya lo he pillado, lo que me llamas a veces jaaj,
pues mira me has hecho reir que me hacía falta,
ya me vale, estoy lentita.
pero ahora has puesto v-p en vez de v-b
yo también me tengo que ir a dormir,
y ahora me voy más tranquilita todavía,
 
Évano;5131863 dijo:
Gracias Elenita, piensa que el camarero de esta historia es también muy dulce, en él hay algo de mí, pero no es mi historia, si no un escrito basado en una alteración de un contexto de mi tiempo vivido, sin la mujer, por desgracia jajajja...
ya, no había pensando que eras tú,
tú no hubieras estado esperando todo el día por la mujer,
eres un caballero y hubieras ido a buscarla
y la llevarías a cenar o a tomar algo a un sitio romántico no a ese antro del cuervo,

a que sí? :::blush:::
 
Évano;5131874 dijo:
Pues lo del antro, sino cierto, se acerca jajajaja... Lo otro también, me hubiera ido con ella al cine, o a pasear.

Lo sabía, mareíta y yo ya tenemos algo más para ponerte en el currículum,
ya verás como al final tenemos que entrevistar a unas cuantas.
 
Évano;5131908 dijo:
Pues estaba pensando meterme a monje, más aún jajaja... Pero bueno, esperaré a ver si sale alguna candidata.

ah bueno, mejor la segunda opción, creo, aunque igual es mejor lo primero,
encerrarse en el monasterio y pasar el día haciendo tartas y licores,
plantar lechugas y perejil, regar las plantas
pasear por los pasillos del convento,
hacer yemas de Santa Teresa para vender,

pues no está nada mal esa vida, no.
 

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