Kabuki
Poeta recién llegado
Depresión
Conocí un reino de jardines
mochicas, de palacio de mármol rosa,
de verdín con peces chinos,
y de horizontes bien delineados por la tarde.
En el habitaba un rey que andaba
con conejines y bebía por las mañanas
brandy. Su esposa tenía los senos
de pera, sus hijos eran morochos como
el zar Iván. Una guerra de escaleras,
como la de Cornelis Escher,
sedujo a dos ladrones, salidos de la corteza
de Truman, a blandir sus
verduguillos en la carne blanda de
los somnolientos querubines. En el acto,
de sus ojos de manchas negras
dos canales de afluentes color plata
penetraban el guante del asesino.
La madre en una silla, al frente de la chimenea,
envejecía a velocidad de la luz, los
policías se mezclaban con el excremento,
las tiras amarillas de no entrar
circundaban la ciudad. A la horca,
pena de muerte, garrotazo.
La inflexión de un triste sonámbulo
que era malabarista con las leyes de Jung,
y un praxis con la matemática.
Soy un genio, gobierno estos latifundios,
soy la bala que dispara el obús,
el vendaje del herido de guerra en el Sur,
soy demasiado ego, para quedar
preso con los fantasmas de pellejo.
El llavín con su aro de hierro seco restalla
en los barrotes, su timbre provoca
ese revés de la paranoia.
El monarca de la floresta Karma,
sale de sus divagaciones, topa con un
nido de ratas, con el inodoro sin
tapa, con el silbido de la hoja verde.
Empieza a llorar como un niño,
forma un paraguas con el telón de sus dedos,
y gime, gime, como una hiena.
En la ronda, un anciano cojo y manco
da libertad a un cuervo,
que picotea la grasa del hígado.
Hey, despierta, has tenido
mal sueño, no has tomado tus medicamentos.
La depresión me está matando,
la mano sufre de parálisis
y el puente de guitarra es inflexible.
Soy músico, lo soy. Voy al bar de las locas,
me encuentro en ese farolitos de
ámbar con mi psiquiatra,
me suelta un papelito de fármacos.
Lo tomo, y salgo fumando por
la plaza del Inca. Siento de repente un
pico de tucán taladrando sin bulla
mi corteza, y una palo que
me rompe las piernas, y me deja en genuflexión.
Grito, y busco como loco un pozo
para llorar. No quiero que nadie me vea,
que nadie me consuele.
Abro la puerta, la empujo, el sillón,
y la comida en tapper de hace
2 días. La maquina de escribir que se le
seco la tinta, el calzoncillo sucio
sobre la silla renca, la televisión en el canal 52.
Mierda de vida. Matate, matate.
No pierdes nada, no existe el albur ni la
lotería. La cocina tiene gas de sobra,
el mástil de la lavandería es fuerte para
soportar tu cuello de tortuga, la sobredosis
es buena opción. El piso yace
de pista de hielo, el teléfono no tiene
número para marcar. Toc toc.
¿Quién es?
mochicas, de palacio de mármol rosa,
de verdín con peces chinos,
y de horizontes bien delineados por la tarde.
En el habitaba un rey que andaba
con conejines y bebía por las mañanas
brandy. Su esposa tenía los senos
de pera, sus hijos eran morochos como
el zar Iván. Una guerra de escaleras,
como la de Cornelis Escher,
sedujo a dos ladrones, salidos de la corteza
de Truman, a blandir sus
verduguillos en la carne blanda de
los somnolientos querubines. En el acto,
de sus ojos de manchas negras
dos canales de afluentes color plata
penetraban el guante del asesino.
La madre en una silla, al frente de la chimenea,
envejecía a velocidad de la luz, los
policías se mezclaban con el excremento,
las tiras amarillas de no entrar
circundaban la ciudad. A la horca,
pena de muerte, garrotazo.
La inflexión de un triste sonámbulo
que era malabarista con las leyes de Jung,
y un praxis con la matemática.
Soy un genio, gobierno estos latifundios,
soy la bala que dispara el obús,
el vendaje del herido de guerra en el Sur,
soy demasiado ego, para quedar
preso con los fantasmas de pellejo.
El llavín con su aro de hierro seco restalla
en los barrotes, su timbre provoca
ese revés de la paranoia.
El monarca de la floresta Karma,
sale de sus divagaciones, topa con un
nido de ratas, con el inodoro sin
tapa, con el silbido de la hoja verde.
Empieza a llorar como un niño,
forma un paraguas con el telón de sus dedos,
y gime, gime, como una hiena.
En la ronda, un anciano cojo y manco
da libertad a un cuervo,
que picotea la grasa del hígado.
Hey, despierta, has tenido
mal sueño, no has tomado tus medicamentos.
La depresión me está matando,
la mano sufre de parálisis
y el puente de guitarra es inflexible.
Soy músico, lo soy. Voy al bar de las locas,
me encuentro en ese farolitos de
ámbar con mi psiquiatra,
me suelta un papelito de fármacos.
Lo tomo, y salgo fumando por
la plaza del Inca. Siento de repente un
pico de tucán taladrando sin bulla
mi corteza, y una palo que
me rompe las piernas, y me deja en genuflexión.
Grito, y busco como loco un pozo
para llorar. No quiero que nadie me vea,
que nadie me consuele.
Abro la puerta, la empujo, el sillón,
y la comida en tapper de hace
2 días. La maquina de escribir que se le
seco la tinta, el calzoncillo sucio
sobre la silla renca, la televisión en el canal 52.
Mierda de vida. Matate, matate.
No pierdes nada, no existe el albur ni la
lotería. La cocina tiene gas de sobra,
el mástil de la lavandería es fuerte para
soportar tu cuello de tortuga, la sobredosis
es buena opción. El piso yace
de pista de hielo, el teléfono no tiene
número para marcar. Toc toc.
¿Quién es?