tyngui
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hundo mi sombra en la humosa mustia cuando viajo entre las gentes, no podría soportar el contacto y sin embargo, no viviría sin ellos los desconocidos. Sé que suelen aliarse entre risas y recuerdos y que esperan aún más de mí.
En un punto suelo entenderlos. Es cuando recuerdo aquel viejo texto de mi adolescencia:
Mira la gente
A tu alrededor
Creen comprenderte
Y no paran de hablar.
En fin, los errantes caminos de viejos anhelos, vuelan trémulos en citadinos espacios compactos, donde los esperarán delgadas y momificadas frases sueltas, anidadas a la sombra de un sarcasmo venéreo, que será un dulce y siniestro reflejo de la noche.
El mundo me esperará entre sueños fríos.
Y emulando vórtices de sapiencia, con ideales perplejos, aullarán los pensamientos en la verticidad extractada, omnipresente, de pensares sabios y ostentosos planos de alegorías activas. Que por sobre todo cegarán los entusiasmos una vez más.
El ego de los guías.
El amor de los pobres.
La evolución de una animalidad que no espera.
La cornisa y la noche otra vez.
Y la noche otra vez.
Es precisa la ráfaga de una perspectiva lánguida en mis ojos, cuando el sol encandila, no encuentro al endamar que genera mi oxígeno oscuro, sé que podría perder el rumbo sin preservar mi secular modo de paisajismo, mi seguridad.
Es exorbitante e indivisible el matraz imaginario, que volcará el ungüento de la observancia indolente.
La fijeza de metodizarlo todo.
Mi paralelismo aeriforme, mi incivilizada impulsión letal, que es materia prima y fuente de mi cívita y mi derecho insocial.
En un punto suelo entenderlos. Es cuando recuerdo aquel viejo texto de mi adolescencia:
Mira la gente
A tu alrededor
Creen comprenderte
Y no paran de hablar.
En fin, los errantes caminos de viejos anhelos, vuelan trémulos en citadinos espacios compactos, donde los esperarán delgadas y momificadas frases sueltas, anidadas a la sombra de un sarcasmo venéreo, que será un dulce y siniestro reflejo de la noche.
El mundo me esperará entre sueños fríos.
Y emulando vórtices de sapiencia, con ideales perplejos, aullarán los pensamientos en la verticidad extractada, omnipresente, de pensares sabios y ostentosos planos de alegorías activas. Que por sobre todo cegarán los entusiasmos una vez más.
El ego de los guías.
El amor de los pobres.
La evolución de una animalidad que no espera.
La cornisa y la noche otra vez.
Y la noche otra vez.
Es precisa la ráfaga de una perspectiva lánguida en mis ojos, cuando el sol encandila, no encuentro al endamar que genera mi oxígeno oscuro, sé que podría perder el rumbo sin preservar mi secular modo de paisajismo, mi seguridad.
Es exorbitante e indivisible el matraz imaginario, que volcará el ungüento de la observancia indolente.
La fijeza de metodizarlo todo.
Mi paralelismo aeriforme, mi incivilizada impulsión letal, que es materia prima y fuente de mi cívita y mi derecho insocial.