Piedad Acosta Ruiz
Poeta recién llegado
Desde el barandal
su mirada perdida,
húmedos sus ojos,
dispuestos para cosechar,
después de la tempestad.
Aguado todo, apenas
el tibio sol, susurrante
se podía acercar.
Los brazos se aferraban al muro
como racimos de uvas
agitándose al arbusto
en medio de la ventisca,
negándose a caer.
No había palabras
de esas que tanto
se esperaban.
No había gestos
de aquellos que
tanto apaciguaban.
No había miradas
de aquellas
que si consolaban.
Solo un cuerpo
que nada comunicaba;
efigie, sin manos para acariciar,
sin unos hombros para abrazar,
sin unos ojos para perderse en ellos.
Solo una sombra,
en la espesa y helada noche.
Nada, nada, nada…
nada que pudiese amar,
nada que pudiese besar,
nada que pudiese recordar.
Algo profundo perforaba mi armazón,
algo infinitamente grande
de mi ser,
de mi cuerpo,
se marchaba.
La sombra,
el gélido viento,
todo se lo llevaba,
antes que el rocío
los enjuagara.
su mirada perdida,
húmedos sus ojos,
dispuestos para cosechar,
después de la tempestad.
Aguado todo, apenas
el tibio sol, susurrante
se podía acercar.
Los brazos se aferraban al muro
como racimos de uvas
agitándose al arbusto
en medio de la ventisca,
negándose a caer.
No había palabras
de esas que tanto
se esperaban.
No había gestos
de aquellos que
tanto apaciguaban.
No había miradas
de aquellas
que si consolaban.
Solo un cuerpo
que nada comunicaba;
efigie, sin manos para acariciar,
sin unos hombros para abrazar,
sin unos ojos para perderse en ellos.
Solo una sombra,
en la espesa y helada noche.
Nada, nada, nada…
nada que pudiese amar,
nada que pudiese besar,
nada que pudiese recordar.
Algo profundo perforaba mi armazón,
algo infinitamente grande
de mi ser,
de mi cuerpo,
se marchaba.
La sombra,
el gélido viento,
todo se lo llevaba,
antes que el rocío
los enjuagara.