Mauricio Del Piano
Poeta recién llegado
A veces diviso algunos trenes,
mas no sé si vienen o se van
Mejor ven
y siéntate una tarde
en la estación de los andenes
y escucha cómo resuella
ese fuelle de mi pecho
que me deja fluir
hacia lejanas galaxias
de otros andenes y el carril.
Aceras a lo largo de la vía de la vida,
aceras del alma mía, me indican que sigues,
en cada viajero, sigues
en cada vagón, sigues
volviendo, después de cada despedida.
Es tu impronta cargada en cada maleta
que sube y descarga en cada compuerta
de tu vagón que va y vuelve, tras cada adiós.
Ruidos, trenes y crujidos de rieles,
durmientes que despiertan al sonar
el chillido de ruedas, cuando vienes y vienes
llegando junto al tren y en cada mano erguida.
Tu silueta deambula por entre
la voz de los vendedores y entre
los vocingleros de los altavoces
que van y vuelven por entre
las aceras de los andenes
y los durmientes.
Levantados techos y encaramados
descansan sentados sobre torres de hierro
cayentes, desde las sombras, a cada durmiente,
soñando que el tú y yo fuese para siempre
Es la humedad de las sombras en que viven los rieles.
Son los secretos atesorados entre
las paredes de los andenes,
misterios enquistados entre fisuras
descascaradas entre tanta menoscabada pintura.
Soy el pañuelo de una tarde ocasional
sentado en la estación de los andenes
que ha aprendido de lágrimas y sollozos
que ha aprendido a gritar tantas veces, no te vayas.
Soy el sombrero y la boina en calma
colmada y atiborrada de recuerdos
de relojes sin segunderos y sin un adiós.
Espero.
Mis aladares se están durmiendo
están colmando los andenes,
y enmarañados entre los durmientes
diviso, a veces, algunos trenes,
mas no sé bien
si van
o vienen
mas no sé si vienen o se van
Mejor ven
y siéntate una tarde
en la estación de los andenes
y escucha cómo resuella
ese fuelle de mi pecho
que me deja fluir
hacia lejanas galaxias
de otros andenes y el carril.
Aceras a lo largo de la vía de la vida,
aceras del alma mía, me indican que sigues,
en cada viajero, sigues
en cada vagón, sigues
volviendo, después de cada despedida.
Es tu impronta cargada en cada maleta
que sube y descarga en cada compuerta
de tu vagón que va y vuelve, tras cada adiós.
Ruidos, trenes y crujidos de rieles,
durmientes que despiertan al sonar
el chillido de ruedas, cuando vienes y vienes
llegando junto al tren y en cada mano erguida.
Tu silueta deambula por entre
la voz de los vendedores y entre
los vocingleros de los altavoces
que van y vuelven por entre
las aceras de los andenes
y los durmientes.
Levantados techos y encaramados
descansan sentados sobre torres de hierro
cayentes, desde las sombras, a cada durmiente,
soñando que el tú y yo fuese para siempre
Es la humedad de las sombras en que viven los rieles.
Son los secretos atesorados entre
las paredes de los andenes,
misterios enquistados entre fisuras
descascaradas entre tanta menoscabada pintura.
Soy el pañuelo de una tarde ocasional
sentado en la estación de los andenes
que ha aprendido de lágrimas y sollozos
que ha aprendido a gritar tantas veces, no te vayas.
Soy el sombrero y la boina en calma
colmada y atiborrada de recuerdos
de relojes sin segunderos y sin un adiós.
Espero.
Mis aladares se están durmiendo
están colmando los andenes,
y enmarañados entre los durmientes
diviso, a veces, algunos trenes,
mas no sé bien
si van
o vienen
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