Évano
Libre, sin dioses.
.
Hay nidos entre las piedras de casa,
entre los cantos rodados del río.
Las veloces y negras golondrinas
vuelven cada año, por primavera.
Como siempre, nada la cambia nunca,
sigue siendo nuestra casa de piedra,
con su camposanto, cruces y nichos.
Sabíamos del fin de nuestros besos,
su pulular por las noches eternas
y su etérea fuga de la luz.
Qué daría por recibirte al alba
y besarte con la luz de los días
sin que la sangre corriera en tu cuerpo
y no te derramara más el alma.
Látigo al cielo da la golondrina.
La oigo desde mi templo de tierra,
gorgotea como tu lindo cuello
al morderlo mis colmillos de averno.
Sabíamos de nuestro amor eterno,
Pero no que fuera en el mismo infierno.
Hay nidos entre las piedras de casa,
entre los cantos rodados del río.
Las veloces y negras golondrinas
vuelven cada año, por primavera.
Como siempre, nada la cambia nunca,
sigue siendo nuestra casa de piedra,
con su camposanto, cruces y nichos.
Sabíamos del fin de nuestros besos,
su pulular por las noches eternas
y su etérea fuga de la luz.
Qué daría por recibirte al alba
y besarte con la luz de los días
sin que la sangre corriera en tu cuerpo
y no te derramara más el alma.
Látigo al cielo da la golondrina.
La oigo desde mi templo de tierra,
gorgotea como tu lindo cuello
al morderlo mis colmillos de averno.
Sabíamos de nuestro amor eterno,
Pero no que fuera en el mismo infierno.
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