Deseos indeseados

King

Poeta recién llegado
Quiero pensar que esos granos
que veo en el rostro de mi suerte
son estrellas fugaces esperando
a que llene su saco con deseos
de felicidad amarga, de sueños
con forma de puzle, de amores perennes
en mí podrido tronco de mierda.
¡Que exploten de agonía esos forúnculos
de cera maloliente! Yo mientras
estaré escapando del cielo de las hadas,
para ir al bar del infierno; he oído
que es la hora feliz, y esa
es la única hora feliz que conozco…
Podría rogarle a las nubes,
de azufre y escorbuto de los condenados,
que me dieran un padre que no dependiera
del alcohol para hacer latir su corazón
en dirección a su depresivo y suicida hijo.
Que me dieran los dones para poder cantar
sin que me acuchillen bravucones,
sin más cerebro que su estupidez extrema.
Que no me ilusionen con posibles besos
que jamás salieron de su mansión abandonada;
que me prometan, con un susurro, abrazos caducos
de magia, sin nada que aportar a mi estantería;
que no juren valor a las personas que están
fuera del mercado de la plenitud espiritual.
Que deshagan los nudos que estremecen
mi voz de desequilibrado, o que dejen
de dar a luz a brillantes abortos innecesarios.
Que dejen de bañar a mi pupila en los fríos
lagos de odio, rencor, tristeza y desaliento.
Que jamás volverán aquellas hienas
de afilados colmillos de inseguridad.
Que dejen de enviarme abrigos en una
inquietante tempestad helada.
Que no sigan los aplausos a los locos
de mierda como yo, que dejen de alimentar
mi asquerosa sonrisa, para luego sacarme
las mugrientas muelas, que enmarcan
mi poderosa postura en la senil vida,
con un martillo de finísimo cristal.
Que un cazador furtivo se quede ciego
por la virtud de un niño que agoniza.
Podría pedirles a esas apestosas
heces del pecado más cosas para mi fortuna.
¡Pero, joder, necesito escribir!
 
Quiero pensar que esos granos
que veo en el rostro de mi suerte
son estrellas fugaces esperando
a que llene su saco con deseos
de felicidad amarga, de sueños
con forma de puzle, de amores perennes
en mí podrido tronco de mierda.
¡Que exploten de agonía esos forúnculos
de cera maloliente! Yo mientras
estaré escapando del cielo de las hadas,
para ir al bar del infierno; he oído
que es la hora feliz, y esa
es la única hora feliz que conozco…
Podría rogarle a las nubes,
de azufre y escorbuto de los condenados,
que me dieran un padre que no dependiera
del alcohol para hacer latir su corazón
en dirección a su depresivo y suicida hijo.
Que me dieran los dones para poder cantar
sin que me acuchillen bravucones,
sin más cerebro que su estupidez extrema.
Que no me ilusionen con posibles besos
que jamás salieron de su mansión abandonada;
que me prometan, con un susurro, abrazos caducos
de magia, sin nada que aportar a mi estantería;
que no juren valor a las personas que están
fuera del mercado de la plenitud espiritual.
Que deshagan los nudos que estremecen
mi voz de desequilibrado, o que dejen
de dar a luz a brillantes abortos innecesarios.
Que dejen de bañar a mi pupila en los fríos
lagos de odio, rencor, tristeza y desaliento.
Que jamás volverán aquellas hienas
de afilados colmillos de inseguridad.
Que dejen de enviarme abrigos en una
inquietante tempestad helada.
Que no sigan los aplausos a los locos
de mierda como yo, que dejen de alimentar
mi asquerosa sonrisa, para luego sacarme
las mugrientas muelas, que enmarcan
mi poderosa postura en la senil vida,
con un martillo de finísimo cristal.
Que un cazador furtivo se quede ciego
por la virtud de un niño que agoniza.
Podría pedirles a esas apestosas
heces del pecado más cosas para mi fortuna.
¡Pero, joder, necesito escribir!
Que nunca se agote esa necesidad de escribir. Y que podamos seguir disfrutando con la lectura de su obra. Un saludo.
LUIS
 

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