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Desierto de los Monegros

Pessoa

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Hasta la sangre es blanca

sobre la tierra lunada

Blanca de blancor de luna

tierra ávida, tierra ingrata.


Como un trinar de bandurrias oxidadas

vuelan las piedras blancas

los matorrales de hinojos dan a luz cigarras mudas

y los caminos se cruzan

equivocando a los pocos peregrinos que vienen a remendar su calzado.



Desierto de Monegros, tan pletórico de gentes huecas

cadáveres divertidos,

jugadores de fortuna,

caballeros sobre chatarra olvidada.

Los intolerables quejigos,

las suculentas arremetidas del cierzo

y las noches alumbradas

por el fuego del mirar del alimoche.



Allí nacieron los precipicios y se proyectaron los océanos

Bandadas de lagartos

sedientos de alturas y de niebla

rastrean en busca de los antiguos ermitaños.



Y las pétreas sorores tocadas por rocas blandas

tozudos tozales apacentados por los siglos

lloran desde sus olvidos.

Caricias del cierzo y agua esculpieron los viejos cánones sobre sus haldas pardas.



Nacieron equivocados

y su ruina se proclama desde los altos campanarios de la estepa.

Como en un inmenso lienzo

trazado por óleos y lluvias

el desierto de Monegros es el cañamazo galáctico donde los dioses pergeñan

sus audacias.



Por sus colores escuetos corren ponzoñas de los que no fueron redimidos

por la luz que llegaba de los lejanos palacios.

Rocas, espinos y blandos terciopelos

para vestir a los purpúreos cardenales que allí apacientan

sus rebaños.



Y el grito del neonato que no cesa.

Desde la cumbre sangrienta que fue en la guerra toisón

de todas las guerras

bajan los aspavientos que fueron los últimos estertores

de los muertos.



Falto de su tejido de calles repletas de pecadores

el desierto avanza y devora.

Las vacías parideras reclaman su estatus de privilegio

entre boñigas de oveja. ¡Qué descaro!

Y un águila culebrera traza sobre el polvo blanco y gris

eslóganes de rebeldía. ¡Qué inocencia!



Mi corazón destrozado

mis pies que saltan la cuerda

mi yo todo

reverente presbítero ante el ara sagrada donde se mutila al cuervo

inicia la salmodia de los atardeceres calmos

la que anuncia una nueva noche

iluminada por los faros de los coches en los que los amantes

llegados desde el mar

ofician sus ritos entre abalorios de yeso.



Ovación, orgasmo y griterío desde los juncales secos.

El Desierto de Monegros.


13806962614_a2dc7351fb_b.jpg



Ilust.: Tozal El Solitario. Monegros. Huesca.
 
Última edición:
Hasta la sangre es blanca

sobre la tierra lunada

Blanca de blancor de luna

tierra ávida, tierra ingrata.


Como un trinar de bandurrias oxidadas

vuelan las piedras blancas

los matorrales de hinojos dan a luz cigarras mudas

y los caminos se cruzan

equivocando a los pocos peregrinos que vienen a remendar su calzado.



Desierto de Monegros, tan pletórico de gentes huecas

cadáveres divertidos,

jugadores de fortuna,

caballeros sobre chatarra olvidada.

Los intolerables quejigos,

las suculentas arremetidas del cierzo

y las noches alumbradas

por el fuego del mirar del alimoche.



Allí nacieron los precipicios y se proyectaron los océanos

Bandadas de lagartos

sedientos de alturas y de niebla

rastrean en busca de los antiguos ermitaños.



Y las pétreas sorores tocadas por rocas blandas

tozudos tozales apacentados por los siglos

lloran desde sus olvidos.

Caricias del cierzo y agua esculpieron los viejos cánones sobre sus haldas pardas.



Nacieron equivocados

y su ruina se proclama desde los altos campanarios de la estepa.

Como en un inmenso lienzo

trazado por óleos y lluvias

el desierto de Monegros es el cañamazo galáctico donde los dioses pergeñan

sus audacias.



Por sus colores escuetos corren ponzoñas de los que no fueron redimidos

por la luz que llegaba de los lejanos palacios.

Rocas, espinos y blandos terciopelos

para vestir a los purpúreos cardenales que allí apacientan

sus rebaños.



Y el grito del neonato que no cesa.

Desde la cumbre sangrienta que fue en la guerra toisón

de todas las guerras

bajan los aspavientos que fueron los últimos estertores

de los muertos.



Falto de su tejido de calles repletas de pecadores

el desierto avanza y devora.

Las vacías parideras reclaman su estatus de privilegio

entre boñigas de oveja. ¡Qué descaro!

Y un águila culebrera traza sobre el polvo blanco y gris

eslóganes de rebeldía. ¡Qué inocencia!



Mi corazón destrozado

mis pies que saltan la cuerda

mi yo todo

reverente presbítero ante el ara sagrada donde se mutila al cuervo

inicia la salmodia de los atardeceres calmos

la que anuncia una nueva noche

iluminada por los faros de los coches en los que los amantes

llegados desde el mar

ofician sus ritos entre abalorios de yeso.



Ovación, orgasmo y griterío desde los juncales secos.

El Desierto de Monegros.


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Ilust.: Tozal El Solitario. Monegros. Huesca.
Inundarse de esos espacios donde lo solitario es que eran montes negros,
es posible llegar a esa boda con la naturaleza y vencer asi la ansiedad disuelta de
unas formas que flagelan el brillo de lo mas esencial: la suspension
constante. te comento que yo deesde mi ciudad en ocasiones voy
a sus ocasos, a esos montes que todavia tienen tejido,
dejando que mis moradas se sacien. un recorrido majestuoso tu obra.
saludos de luzyabsenta desde el desierto vital.
 
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Hasta la sangre es blanca

sobre la tierra lunada

Blanca de blancor de luna

tierra ávida, tierra ingrata.


Como un trinar de bandurrias oxidadas

vuelan las piedras blancas

los matorrales de hinojos dan a luz cigarras mudas

y los caminos se cruzan

equivocando a los pocos peregrinos que vienen a remendar su calzado.



Desierto de Monegros, tan pletórico de gentes huecas

cadáveres divertidos,

jugadores de fortuna,

caballeros sobre chatarra olvidada.

Los intolerables quejigos,

las suculentas arremetidas del cierzo

y las noches alumbradas

por el fuego del mirar del alimoche.



Allí nacieron los precipicios y se proyectaron los océanos

Bandadas de lagartos

sedientos de alturas y de niebla

rastrean en busca de los antiguos ermitaños.



Y las pétreas sorores tocadas por rocas blandas

tozudos tozales apacentados por los siglos

lloran desde sus olvidos.

Caricias del cierzo y agua esculpieron los viejos cánones sobre sus haldas pardas.



Nacieron equivocados

y su ruina se proclama desde los altos campanarios de la estepa.

Como en un inmenso lienzo

trazado por óleos y lluvias

el desierto de Monegros es el cañamazo galáctico donde los dioses pergeñan

sus audacias.



Por sus colores escuetos corren ponzoñas de los que no fueron redimidos

por la luz que llegaba de los lejanos palacios.

Rocas, espinos y blandos terciopelos

para vestir a los purpúreos cardenales que allí apacientan

sus rebaños.



Y el grito del neonato que no cesa.

Desde la cumbre sangrienta que fue en la guerra toisón

de todas las guerras

bajan los aspavientos que fueron los últimos estertores

de los muertos.



Falto de su tejido de calles repletas de pecadores

el desierto avanza y devora.

Las vacías parideras reclaman su estatus de privilegio

entre boñigas de oveja. ¡Qué descaro!

Y un águila culebrera traza sobre el polvo blanco y gris

eslóganes de rebeldía. ¡Qué inocencia!



Mi corazón destrozado

mis pies que saltan la cuerda

mi yo todo

reverente presbítero ante el ara sagrada donde se mutila al cuervo

inicia la salmodia de los atardeceres calmos

la que anuncia una nueva noche

iluminada por los faros de los coches en los que los amantes

llegados desde el mar

ofician sus ritos entre abalorios de yeso.



Ovación, orgasmo y griterío desde los juncales secos.

El Desierto de Monegros.


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Ilust.: Tozal El Solitario. Monegros. Huesca.
Muy bello. ¡Bravo, poeta!

“Mis pies que saltan a la cuerda”
 
Gracias, Luzyabsenta, querido maestro. Desde luego el complejo de emociones que la vivencia del desierto produce en un espíritu sensible es de difícil transcripción -y en todo caso incompleta- a cualquier expresión artística. Y el Desierto de Monegros exacerba en quien lo vive esas emociones. Desde “tu ciudad”, que también fue la mía durante cerca de 40 años (casi una vida) fui asiduo “recorredor” de sus entrañas; Desde Perdiguera hasta Sariñena, desde los tozales hasta las saladas; desde N.S. de las Fuentes hasta los eremitorios colgados de los farallones de Alcubierre; muchas noches, en tiempo calmo, dormí entre los surcos de los escasos sembrados de los altos de Lanaja, admirando las fantasgorías que la luz de la luna creaba sobre las afloraciones de las rocas de yeso. Puro surrealismo. O auténtica visión de lo real. Un abrazo, amigo mío.

miguel
 
Hasta la sangre es blanca

sobre la tierra lunada

Blanca de blancor de luna

tierra ávida, tierra ingrata.


Como un trinar de bandurrias oxidadas

vuelan las piedras blancas

los matorrales de hinojos dan a luz cigarras mudas

y los caminos se cruzan

equivocando a los pocos peregrinos que vienen a remendar su calzado.



Desierto de Monegros, tan pletórico de gentes huecas

cadáveres divertidos,

jugadores de fortuna,

caballeros sobre chatarra olvidada.

Los intolerables quejigos,

las suculentas arremetidas del cierzo

y las noches alumbradas

por el fuego del mirar del alimoche.



Allí nacieron los precipicios y se proyectaron los océanos

Bandadas de lagartos

sedientos de alturas y de niebla

rastrean en busca de los antiguos ermitaños.



Y las pétreas sorores tocadas por rocas blandas

tozudos tozales apacentados por los siglos

lloran desde sus olvidos.

Caricias del cierzo y agua esculpieron los viejos cánones sobre sus haldas pardas.



Nacieron equivocados

y su ruina se proclama desde los altos campanarios de la estepa.

Como en un inmenso lienzo

trazado por óleos y lluvias

el desierto de Monegros es el cañamazo galáctico donde los dioses pergeñan

sus audacias.



Por sus colores escuetos corren ponzoñas de los que no fueron redimidos

por la luz que llegaba de los lejanos palacios.

Rocas, espinos y blandos terciopelos

para vestir a los purpúreos cardenales que allí apacientan

sus rebaños.



Y el grito del neonato que no cesa.

Desde la cumbre sangrienta que fue en la guerra toisón

de todas las guerras

bajan los aspavientos que fueron los últimos estertores

de los muertos.



Falto de su tejido de calles repletas de pecadores

el desierto avanza y devora.

Las vacías parideras reclaman su estatus de privilegio

entre boñigas de oveja. ¡Qué descaro!

Y un águila culebrera traza sobre el polvo blanco y gris

eslóganes de rebeldía. ¡Qué inocencia!



Mi corazón destrozado

mis pies que saltan la cuerda

mi yo todo

reverente presbítero ante el ara sagrada donde se mutila al cuervo

inicia la salmodia de los atardeceres calmos

la que anuncia una nueva noche

iluminada por los faros de los coches en los que los amantes

llegados desde el mar

ofician sus ritos entre abalorios de yeso.



Ovación, orgasmo y griterío desde los juncales secos.

El Desierto de Monegros.


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Ilust.: Tozal El Solitario. Monegros. Huesca.

Hola querido amigo Miguel, yo soy navarro, y bueno, aquí tenemos, el desierto de las bardenas... conozco algo los monegros, siempre admiro tus obras, impecables y substanciosas. Este poema, creo que describe perfectamente el carácter del paisaje, felicidades por ese arte tuyo. Un abrazo, felices días.
 
Que gratísima sorpresa, Tribu. Yo te creía de las tierras exóticas de Hispanoamérica... Vaya ojo el mío. Yo también conozco algo las tierras navarras, su gastronomía, sus Pirineos a escala humana... Tengo (o tenía) muy buenos amigos en Tudela, en Alfaro (aunque este es ya riojano.) Bueno, hoy me zampado una hermosa trucha a la navarra y estoy muy sensible. Gracias, querido amigo, por esta nueva visita y estas palabras tan halagüeñas, que ya son casi un ritual. Un fuerte abrazo,
miguel
 

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