Ictiandro
Poeta adicto al portal
Las aguas surcaban líneas que doblaban,
volvían y luego se perdían en lo terso.
El ámbar de las luces que reflejaban
sólo podían parecerse a lo perfecto,
a la simple imagen que ahora se formaba
y que nunca se olvidaba al paso del tiempo.
Una ventana que abierta anunciaba el mundo
perdía su voz en lo cierto
de que las formas cruzadas no admitían
otras coordenadas que su propio espacio-tiempo.
Las alas que salían por doquier navegaban
en el infinito plano del techo,
las paredes no existían,
sólo un plano donde se escurría el agua y sus reflejos,
el marfil que se mostraba a tientas,
las rocas que se desmoronaban,
los estallidos de los mares en su encuentro.
Llegaba el fuego, las aguas ardían.
Se estremecía el mundo, las brisas perdidas y locas,
los miles de duendes que miraban y sonreían,
las tantas cosas que forjan las aguas,
la vida que completa se disolvía.
La luz de un final que desplomó las lluvias,
la tranquilidad de un mar profundo,
la proximidad de los océanos,
la travesía de los barcos que como gotas caían
cerca del punto donde se pierde lo consciente.
Se llegó al final del óleo,
se retiraron los pinceles,
la imaginación en el éxtasis de su logro,
la pasión en la cumbre de su elogio.
Al final ese silencio...
silencio que viene a ser el mundo entero
cuando de las aguas surge tu cuerpo
y mis manos extendidas se mojan, arden,
sostienen la imagen lograda más allá del tiempo.
El desnudo de una mujer.
¿Podrá existir algo más bello?
volvían y luego se perdían en lo terso.
El ámbar de las luces que reflejaban
sólo podían parecerse a lo perfecto,
a la simple imagen que ahora se formaba
y que nunca se olvidaba al paso del tiempo.
Una ventana que abierta anunciaba el mundo
perdía su voz en lo cierto
de que las formas cruzadas no admitían
otras coordenadas que su propio espacio-tiempo.
Las alas que salían por doquier navegaban
en el infinito plano del techo,
las paredes no existían,
sólo un plano donde se escurría el agua y sus reflejos,
el marfil que se mostraba a tientas,
las rocas que se desmoronaban,
los estallidos de los mares en su encuentro.
Llegaba el fuego, las aguas ardían.
Se estremecía el mundo, las brisas perdidas y locas,
los miles de duendes que miraban y sonreían,
las tantas cosas que forjan las aguas,
la vida que completa se disolvía.
La luz de un final que desplomó las lluvias,
la tranquilidad de un mar profundo,
la proximidad de los océanos,
la travesía de los barcos que como gotas caían
cerca del punto donde se pierde lo consciente.
Se llegó al final del óleo,
se retiraron los pinceles,
la imaginación en el éxtasis de su logro,
la pasión en la cumbre de su elogio.
Al final ese silencio...
silencio que viene a ser el mundo entero
cuando de las aguas surge tu cuerpo
y mis manos extendidas se mojan, arden,
sostienen la imagen lograda más allá del tiempo.
El desnudo de una mujer.
¿Podrá existir algo más bello?