Marcel Barberano
Poeta recién llegado
Despertar
Acariciole la brisa tibia de la mañana que refrescaba su cuerpo bañado en ardor acumulado durante la calurosa noche en su cama. No quiso despertarse aún y se dio media vuelta, descubrió entonces con agrado lo frías que estaban en ese lado las sábanas y suspiró aliviado y feliz pensando en el rato que disfrutaría de tan pequeño y efímero placer.
La golondrina seguía con su canto, apoyada en el cableado negro que cruzaba la calle, y que terminaba su camino justo al lado de las puertas de su balcón, y para nada era desagradable a sus oídos el alegre tronar del avecilla.
Poco a poco, después de varios desperezos, iba alejándose de su profundo sueño y volviendo a la claridad de su habitación. Los rayos de sol empezaban a calentar los dedos de sus pies y fue el detonante definitivo que empujó a Tito a despertarse de una vez.
Sentose en el lateral de la cama acompañando en su movimiento el crujir de los muelles del viejo colchón.
Estirose la cara y se revolvió su rizada melena.
Otro desperezo seguido de un sonoro bostezo fueron los últimos gestos que regaló a su corto descanso. La noche, en cambio, había sido larga e intensa.
Acariciole la brisa tibia de la mañana que refrescaba su cuerpo bañado en ardor acumulado durante la calurosa noche en su cama. No quiso despertarse aún y se dio media vuelta, descubrió entonces con agrado lo frías que estaban en ese lado las sábanas y suspiró aliviado y feliz pensando en el rato que disfrutaría de tan pequeño y efímero placer.
La golondrina seguía con su canto, apoyada en el cableado negro que cruzaba la calle, y que terminaba su camino justo al lado de las puertas de su balcón, y para nada era desagradable a sus oídos el alegre tronar del avecilla.
Poco a poco, después de varios desperezos, iba alejándose de su profundo sueño y volviendo a la claridad de su habitación. Los rayos de sol empezaban a calentar los dedos de sus pies y fue el detonante definitivo que empujó a Tito a despertarse de una vez.
Sentose en el lateral de la cama acompañando en su movimiento el crujir de los muelles del viejo colchón.
Estirose la cara y se revolvió su rizada melena.
Otro desperezo seguido de un sonoro bostezo fueron los últimos gestos que regaló a su corto descanso. La noche, en cambio, había sido larga e intensa.