Carlos Clemente Olivares
Poeta recién llegado
Que oportuno es el destino, al presentarse, inocuo, disfrazado de esperanza,
trayendo al alma descanso de los látigos que azotan, como remordimiento, la vida,
quitando impune la venda cegadora de la nube de celos clandestinos,
dándole un respiro al ya fatigado anhelo de las andanzas inciertas.
As[FONT="]í es la muerte cegadora de placeres y dadora de las mismas,
escupiendo tibia las almas de los desesperados al gehena que incinera,
libres de voluntades culposas que laceran los espasmos y los mantienen presos,
libres de pecados malditos que ahogan sus culpas en los libros del pasado.
Y a lo lejos, los premiados han formado un vínculo entre su sangre y sus lágrimas,
formando un jauría de perros rabiosos irrumpiendo la existencia,
escapando de los brazos de hades en un intento desesperado de entender a su captora.
Que irrisoria es la causal con que sojuzgan los muertos a la vida,
declarando injusta la razón de su deceso, sin saber que ese es el premio por su cansada cuesta,
y las razones se maquillan talando los cimientos y los preceptos emergen sin piedad alguna,
para ser cumplidos sin excusas ni pretextos, libre de pensamientos redentores.
Es por eso que del cielo bajan los ángeles, como caireles lánguidos de una hermosa dama,
para guiar a los caídos, y cernir las ataduras que quedaron sueltas,
para presentar las verdades en medio de letanías acusadoras que se hundan en su pecho,
y puedan al fin hallarle razón y disfrutar del privilegio del cual tuvieron acto,
mientras aquí, los vivos se consumen lentamente hasta podrir sus almas deseando la muerte.
Las penas se retuercen debajo de la piel, como gusanos hurgando el alma resquebrajada,
en medio del desierto seco de lágrimas, después de un diluvio de penas y desesperanza,
cae la noche inundando la bóveda celestial, formando nombres con sus luces lejanas,
los nombres de aquellos perezosos que temen a vivir
y que buscan en la muerte el beso que los redima por huir.
Un último latido en el pecho, que como grito exhorta la guerra de la sangre,
que busca desertar del cuerpo que la aprisiona vil,
escapando libre entre los poros y los lagrimales.
El camino es tortuoso en medio de la vereda,
que peligrosa surca en medio de los pantanos
buscando el fin de la historia hasta llegar al exilio,
royendo las ataduras de seda que forman las caricias.
Ir en busca de la luz que cansada ha extinguido su brillar,
como si fuera el perdón con que se cubran los pecados,
caminando sin certeza en este laberinto de las flores marchitas que se han cortado,
sin descanso hasta que los ojos caigan en el sueño eterno,
perdido sin rumbo, sin destino y sin acierto, en medio de la desesperación que los ata.
Ya llegara el momento, el cielo caerá hasta cubrirlos de obscuridad,
porque los instantes brotan de la nada y vuelven cubiertos de fango,
y en medio del suicidio lento, las sonrisas llegan colmándolos de paz,
yendo en busca de la gloria, surgiendo de la cripta del abismo,
hasta poder alcanzar el destino que tanto se ha anhelado,
morir en plenitud cautiva en medio del arrepentimiento por esta vida que les pareció incierta.
trayendo al alma descanso de los látigos que azotan, como remordimiento, la vida,
quitando impune la venda cegadora de la nube de celos clandestinos,
dándole un respiro al ya fatigado anhelo de las andanzas inciertas.
As[FONT="]í es la muerte cegadora de placeres y dadora de las mismas,
escupiendo tibia las almas de los desesperados al gehena que incinera,
libres de voluntades culposas que laceran los espasmos y los mantienen presos,
libres de pecados malditos que ahogan sus culpas en los libros del pasado.
Y a lo lejos, los premiados han formado un vínculo entre su sangre y sus lágrimas,
formando un jauría de perros rabiosos irrumpiendo la existencia,
escapando de los brazos de hades en un intento desesperado de entender a su captora.
Que irrisoria es la causal con que sojuzgan los muertos a la vida,
declarando injusta la razón de su deceso, sin saber que ese es el premio por su cansada cuesta,
y las razones se maquillan talando los cimientos y los preceptos emergen sin piedad alguna,
para ser cumplidos sin excusas ni pretextos, libre de pensamientos redentores.
Es por eso que del cielo bajan los ángeles, como caireles lánguidos de una hermosa dama,
para guiar a los caídos, y cernir las ataduras que quedaron sueltas,
para presentar las verdades en medio de letanías acusadoras que se hundan en su pecho,
y puedan al fin hallarle razón y disfrutar del privilegio del cual tuvieron acto,
mientras aquí, los vivos se consumen lentamente hasta podrir sus almas deseando la muerte.
Las penas se retuercen debajo de la piel, como gusanos hurgando el alma resquebrajada,
en medio del desierto seco de lágrimas, después de un diluvio de penas y desesperanza,
cae la noche inundando la bóveda celestial, formando nombres con sus luces lejanas,
los nombres de aquellos perezosos que temen a vivir
y que buscan en la muerte el beso que los redima por huir.
Un último latido en el pecho, que como grito exhorta la guerra de la sangre,
que busca desertar del cuerpo que la aprisiona vil,
escapando libre entre los poros y los lagrimales.
El camino es tortuoso en medio de la vereda,
que peligrosa surca en medio de los pantanos
buscando el fin de la historia hasta llegar al exilio,
royendo las ataduras de seda que forman las caricias.
Ir en busca de la luz que cansada ha extinguido su brillar,
como si fuera el perdón con que se cubran los pecados,
caminando sin certeza en este laberinto de las flores marchitas que se han cortado,
sin descanso hasta que los ojos caigan en el sueño eterno,
perdido sin rumbo, sin destino y sin acierto, en medio de la desesperación que los ata.
Ya llegara el momento, el cielo caerá hasta cubrirlos de obscuridad,
porque los instantes brotan de la nada y vuelven cubiertos de fango,
y en medio del suicidio lento, las sonrisas llegan colmándolos de paz,
yendo en busca de la gloria, surgiendo de la cripta del abismo,
hasta poder alcanzar el destino que tanto se ha anhelado,
morir en plenitud cautiva en medio del arrepentimiento por esta vida que les pareció incierta.
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