Julius 12
Poeta que considera el portal su segunda casa
Singular y espamódico el oleaje
macera los fantasmas del olvido.
Dispuestos a saltarle como fieras,
con garras que el tuétano desgarran,
con dientes que injurian incoherencias,
con gargantas que ríen roncamente,
con besos que fatigan a mis besos,
dispuestos a saltar los alambrados
del travieso descampado oscuro,
y a quemarnos con la luna abierta
y a yacer en las raíces del encuentro,
donde mueren las palabras sin aliento,
donde los pechos sangran con el rudo frío,
donde la muerte se pudre hasta el hastío,
y las muestras de valor se pierden
en ásperas nostalgias, en dulces sueños
compartidos por almas solitarias
que surcan los párpados incandescentes,
ávidos de ovarios y pura fiesta,
en el pequeño cuarto de tu vida,
en este año de dos mil trece
cuando un rayo de esperanza nos
cobijó en su cielo, en su tibio manto.
Y que con presteza inaudita indujo
nuestra marcha por aquel sendero
donde las luces no se apagan.
Entonces fue el rayo espontáneo y
sin saña quien infinitamente paciente
despabiló esta mañana de rara ausencia,
que con la mansedumbre de la paloma
surcó pausada en nuestras almas,
o que con la ansiedad de gorriones arquitectos
de esos nidos de barro y paja,
o que con la placidez de esta tarde que asombra
cada uno de nuestros lentísimos pasos,
o que con la hermética serenidad de la noche
que nos permitió un límpido beso,
que jamás fue robado y dejó un dulce gusto
en nuestro labios mojados,
y arrebató nuestras mejillas de rubores indómitos,
de pasión ingenua, de inocencia no programada,
y sólo tal vez de soledad hastiada.
Demolidos de pronto por amores que matan,
volvimos al silencio de esta noche tan clara.
macera los fantasmas del olvido.
Dispuestos a saltarle como fieras,
con garras que el tuétano desgarran,
con dientes que injurian incoherencias,
con gargantas que ríen roncamente,
con besos que fatigan a mis besos,
dispuestos a saltar los alambrados
del travieso descampado oscuro,
y a quemarnos con la luna abierta
y a yacer en las raíces del encuentro,
donde mueren las palabras sin aliento,
donde los pechos sangran con el rudo frío,
donde la muerte se pudre hasta el hastío,
y las muestras de valor se pierden
en ásperas nostalgias, en dulces sueños
compartidos por almas solitarias
que surcan los párpados incandescentes,
ávidos de ovarios y pura fiesta,
en el pequeño cuarto de tu vida,
en este año de dos mil trece
cuando un rayo de esperanza nos
cobijó en su cielo, en su tibio manto.
Y que con presteza inaudita indujo
nuestra marcha por aquel sendero
donde las luces no se apagan.
Entonces fue el rayo espontáneo y
sin saña quien infinitamente paciente
despabiló esta mañana de rara ausencia,
que con la mansedumbre de la paloma
surcó pausada en nuestras almas,
o que con la ansiedad de gorriones arquitectos
de esos nidos de barro y paja,
o que con la placidez de esta tarde que asombra
cada uno de nuestros lentísimos pasos,
o que con la hermética serenidad de la noche
que nos permitió un límpido beso,
que jamás fue robado y dejó un dulce gusto
en nuestro labios mojados,
y arrebató nuestras mejillas de rubores indómitos,
de pasión ingenua, de inocencia no programada,
y sólo tal vez de soledad hastiada.
Demolidos de pronto por amores que matan,
volvimos al silencio de esta noche tan clara.
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