Siempre encendida la llama del soliloquio, mi costumbre
son verbos azules en la transparencia, fósiles de cristal,
poliedros de nieve que resucitan en los carámbanos de un alfil de oro.
Y rosas de pétalos como gritos y aceitunas sagradas bajo el pebetero
sin ámbar, lejos la duna y el ocaso, en la flor gustada el laberinto
y sus muecas, a mí me parecen iguales los horóscopos que hablan
del sur o del norte, del diamante o del trigo, de los bosques o la niebla.
En los tres tristes tigres del invierno hay sed y lloros y un sinfín de enigmas,
pronuncia el nombre del ave sin párpados, di lo que el juglar niega,
viste de racimos la aurora con la voz perdida del silencio, horada
en los pozos en busca del agua gris, en los ovarios de la luna hay
un enjambre viajero de miasmas y sangre, de culmen en el éxtasis
de una noche inventada por todos los sexos armados. Dame la llave que no
encaja en ninguna puerta, sé la traición que anida bajo los omoplatos míos.
son verbos azules en la transparencia, fósiles de cristal,
poliedros de nieve que resucitan en los carámbanos de un alfil de oro.
Y rosas de pétalos como gritos y aceitunas sagradas bajo el pebetero
sin ámbar, lejos la duna y el ocaso, en la flor gustada el laberinto
y sus muecas, a mí me parecen iguales los horóscopos que hablan
del sur o del norte, del diamante o del trigo, de los bosques o la niebla.
En los tres tristes tigres del invierno hay sed y lloros y un sinfín de enigmas,
pronuncia el nombre del ave sin párpados, di lo que el juglar niega,
viste de racimos la aurora con la voz perdida del silencio, horada
en los pozos en busca del agua gris, en los ovarios de la luna hay
un enjambre viajero de miasmas y sangre, de culmen en el éxtasis
de una noche inventada por todos los sexos armados. Dame la llave que no
encaja en ninguna puerta, sé la traición que anida bajo los omoplatos míos.