***QueeN Ginevra***
Poeta adicto al portal
Días y muerte.
Vida, que eres un sepulcro infinito de madrugadas,
que me desvistes de los colores de las mañanas,
que me pintas sonrisas en las amargas semanas,
que me declaras el amor en la cara demacrada.
Calma. La lluvia que se enreda en tu cabello
no es sinónimo de la tortura que produce,
perder de vista aquello que nos reduce.
No son navajas cortándonos el cuello.
Silencio. No hay porqué gritar en tu agonía;
y no tienes que comprender a la soledad;
ni mirar pasar el día con su impía claridad.
Miro fijamente entre tus labios mi ironía.
Observa. Los mares están quietos esta noche;
la sangre de nuestras venas es una tuya y mía,
mismo color, mismo olor, similar en energía;
una pérfida canción de lágrimas y reproche.
Levántate. Dormir no nos llevaría a nada bueno;
el descanso sería como estar muertos aquí,
y aún sintiendo en el fondo helada ya el alma así,
no tiene caso castigar al cuerpo con nuestro veneno.
Anda. Camina por la cañada de las luciérnagas ciegas,
donde la calma y el silencio bailan un tango lunar,
entre tus manos y mis labios se pueden observar;
el suplicio y excitación en un camino sin final.
Muerte, sinfonía de lo añorado y lo expectante,
días de gloria perdidos en el epilogo intrigante
anuncio de salida esperando con su luz intermitente;
misterio de los vivos y cuestión del alma errante.
Vida, que eres un sepulcro infinito de madrugadas,
que me desvistes de los colores de las mañanas,
que me pintas sonrisas en las amargas semanas,
que me declaras el amor en la cara demacrada.
Calma. La lluvia que se enreda en tu cabello
no es sinónimo de la tortura que produce,
perder de vista aquello que nos reduce.
No son navajas cortándonos el cuello.
Silencio. No hay porqué gritar en tu agonía;
y no tienes que comprender a la soledad;
ni mirar pasar el día con su impía claridad.
Miro fijamente entre tus labios mi ironía.
Observa. Los mares están quietos esta noche;
la sangre de nuestras venas es una tuya y mía,
mismo color, mismo olor, similar en energía;
una pérfida canción de lágrimas y reproche.
Levántate. Dormir no nos llevaría a nada bueno;
el descanso sería como estar muertos aquí,
y aún sintiendo en el fondo helada ya el alma así,
no tiene caso castigar al cuerpo con nuestro veneno.
Anda. Camina por la cañada de las luciérnagas ciegas,
donde la calma y el silencio bailan un tango lunar,
entre tus manos y mis labios se pueden observar;
el suplicio y excitación en un camino sin final.
Muerte, sinfonía de lo añorado y lo expectante,
días de gloria perdidos en el epilogo intrigante
anuncio de salida esperando con su luz intermitente;
misterio de los vivos y cuestión del alma errante.