Raul Matas Sanchez
Poeta adicto al portal
Son distintos, pero opuestos y a veces las dos caras, de la misma moneda,
de la enfermedad y la salud, la locura y la plenitud,
el deseo, el enfermizo deseo y el sano, y se confunden, y se miran, y se unen,
descubren facetas parecidas y horripilantes, mutantes,
circuncidantes, todas ellas enfermante, y deleitables, como sangre que salpica,
como el ojo que repica, como ese teléfono que no deja de sonar,
de ronronear, musita llamadas para que yo te alcanze, para que siga y persiga,
para que sea mi sesgo el minuto del ruego, de nuevo,
cuando te miro y siento esos deseos de alma apasionada, de muerte planificada,
de reseñas amortajadas,
de metralla, de patrañas, de sangre regada por los suelos de tu casa,
pletórica en deseo, en arcillas, en rejillas que pasan por tu cuerpo,
en ese cuerpo lleno de lujuria,
penuria de mí y mis lamentos, ultratumba, penumbra, el séquito de la rumba,
que se menea, que cabecea,
encierra, esa sierra circular que nos conduce a cortarte, a mutilarte,
a besos,
a restos, a lo lejos,
distantes, punzantes, esos ojos penetrantes,
viscerales, mortales, tan quietos y movibles, risibles,
circenses, renuentes, a toda luz deseables,
y por eso me sigues por la noche,
por ahora y por siempre,
para darte alucinarte, enfermarte pero desearte,
dejarte a oscuras pero repleta de luces,
avestruces que corran y distraigan, te caigan, te acechen, te miren,
te sigan con sus luces oscuras,
tenebrosas, quejumbrosas, sí,
deleitosas,
días y noches, hay noches,
y hay días.
de la enfermedad y la salud, la locura y la plenitud,
el deseo, el enfermizo deseo y el sano, y se confunden, y se miran, y se unen,
descubren facetas parecidas y horripilantes, mutantes,
circuncidantes, todas ellas enfermante, y deleitables, como sangre que salpica,
como el ojo que repica, como ese teléfono que no deja de sonar,
de ronronear, musita llamadas para que yo te alcanze, para que siga y persiga,
para que sea mi sesgo el minuto del ruego, de nuevo,
cuando te miro y siento esos deseos de alma apasionada, de muerte planificada,
de reseñas amortajadas,
de metralla, de patrañas, de sangre regada por los suelos de tu casa,
pletórica en deseo, en arcillas, en rejillas que pasan por tu cuerpo,
en ese cuerpo lleno de lujuria,
penuria de mí y mis lamentos, ultratumba, penumbra, el séquito de la rumba,
que se menea, que cabecea,
encierra, esa sierra circular que nos conduce a cortarte, a mutilarte,
a besos,
a restos, a lo lejos,
distantes, punzantes, esos ojos penetrantes,
viscerales, mortales, tan quietos y movibles, risibles,
circenses, renuentes, a toda luz deseables,
y por eso me sigues por la noche,
por ahora y por siempre,
para darte alucinarte, enfermarte pero desearte,
dejarte a oscuras pero repleta de luces,
avestruces que corran y distraigan, te caigan, te acechen, te miren,
te sigan con sus luces oscuras,
tenebrosas, quejumbrosas, sí,
deleitosas,
días y noches, hay noches,
y hay días.