Luis Elissamburu
Poeta fiel al portal
Los veranos eran la excusa para viajar muy lejos. La locomotora, aún a vapor, salía de Constitución mas o menos a la hora indicada. Necochea estaba a quinientos kilómetros y unas ocho horas después. Ahí me esperaba el mar, la playa, las gaviotas, el bosque, el río, los alfajores ...
Pero mi alma anhelaba otras cosas. Tenía cinco años y una vocación muy precisa. Yo dibujaba en la arena. No eran los castillos, ni las canchas de paleta, ni el fútbol, ni la pesca. Una rama finita, el lienzo dorado mojado por la salada majestad y mi pequeña imaginación creando vacas con cara de dormidas, nubes redondas y quietas, barcos llenos de sueños, mundos inocentes, efímeros y eternos a la vez.
La marea era mi borrador, el pizarrón se trasladaba a su entero antojo. Tremenda dificultad para que el artista terminara la obra en tiempos lunares. Y que poco me importaba. Que feliz se podía ser con tanta precariedad. Benditas las oportunidades que nos ponen en las manos cuando vemos con otros ojos.
Pero mi alma anhelaba otras cosas. Tenía cinco años y una vocación muy precisa. Yo dibujaba en la arena. No eran los castillos, ni las canchas de paleta, ni el fútbol, ni la pesca. Una rama finita, el lienzo dorado mojado por la salada majestad y mi pequeña imaginación creando vacas con cara de dormidas, nubes redondas y quietas, barcos llenos de sueños, mundos inocentes, efímeros y eternos a la vez.
La marea era mi borrador, el pizarrón se trasladaba a su entero antojo. Tremenda dificultad para que el artista terminara la obra en tiempos lunares. Y que poco me importaba. Que feliz se podía ser con tanta precariedad. Benditas las oportunidades que nos ponen en las manos cuando vemos con otros ojos.