Cecilya
Cecy
Diciembre es algo extraño. Lo envuelve una atmósfera muy particular. En torno a él se congregan emociones acopiadas, balances, análisis de todo lo que ocurrió.
Conlleva el acto de sucumbir ante los aires inspiradores de villancicos y turrones dulces, ante el añejo rito del brindis en una noche distendida en la cual la tristeza se vea forzada a retirarse.
El tiempo puede perder su estructura lineal y permitir que dancen con los rojos de los adornos del presente, los verdes ancestrales de los pinos de otras tierras.
Y puede acontecer una Navidad íntima, un instante de absoluta paz donde el amor tome el control del pensamiento, del verbo, del sentir más profundo…
Y esa Navidad puede hacerse eterna o simplemente desvanecerse después de la medianoche. Como un sueño hermoso, o como la utopía del olvido de todo aquello que dolió.
La decisión es personal. Como diciembre.
Conlleva el acto de sucumbir ante los aires inspiradores de villancicos y turrones dulces, ante el añejo rito del brindis en una noche distendida en la cual la tristeza se vea forzada a retirarse.
El tiempo puede perder su estructura lineal y permitir que dancen con los rojos de los adornos del presente, los verdes ancestrales de los pinos de otras tierras.
Y puede acontecer una Navidad íntima, un instante de absoluta paz donde el amor tome el control del pensamiento, del verbo, del sentir más profundo…
Y esa Navidad puede hacerse eterna o simplemente desvanecerse después de la medianoche. Como un sueño hermoso, o como la utopía del olvido de todo aquello que dolió.
La decisión es personal. Como diciembre.