Edgar Elias
Poeta recién llegado
Fausto escupe narcisos de sus labios.
Va volando cometas que se atoran entre las nubes
bajo el silbido del metrónomo, un camaleón pasa muy lento
entre mis manos.
ha resucitado después de vomitar nueces en el arpa de Anett.
Las costras del péndulo
se marchitan
cuando no regreso sin haber alumbrado
la terquedad ósea del infinito.
Mis pies; raíces de algún mar cansado.
dieciséis sonetos descarapelé del volcán tartamudo bajo mi pecho.
Tu desnudes benévola
ante la ruina desenfunda una
gruta de silencios,
Que me arrastran hasta la magnitud de tu ronquido de pétalos
Deja mecer un espejo en tu tráquea; te digo dilatando la memoria de tus muertos,
beso tu cuello en escala Richter y tiemblan tus pestañas, se avecina una avalancha en tu médula, sobrevuelo las cordilleras de tu espalda y hago un aterrizaje en el cráter de tu vuelo, para beber lo que el cielo no conoce; un pájaro negro me guía a tu seno donde me espera una cátedra de flores.
No evoques aún de un golpe tu patria
Sin que tu vientre vietnamita le de asilo a mis voces.
toma mi boca con un guiño y cimbra el océano.
Me lavas las heridas causadas por el trapecio.
y escondo mi voz celeste.
Adorno tu vientre de tucanes
para recibir a la primavera.
conjuras tu falange
y abres la bóveda y dejas libre a la golondrina rosando tu costilla.
Salamandra bosteza
sobre el verbo nacido
después de colapsarnos.
Fausto escupe narcisos de sus labios.
Y un barco se hunde en mi mano izquierda mientras en la derecha mira lo atroz del silencio
Baladí para un asno que llora.
Baladí para un asno que llora
Va volando cometas que se atoran entre las nubes
bajo el silbido del metrónomo, un camaleón pasa muy lento
entre mis manos.
ha resucitado después de vomitar nueces en el arpa de Anett.
Las costras del péndulo
se marchitan
cuando no regreso sin haber alumbrado
la terquedad ósea del infinito.
Mis pies; raíces de algún mar cansado.
dieciséis sonetos descarapelé del volcán tartamudo bajo mi pecho.
Tu desnudes benévola
ante la ruina desenfunda una
gruta de silencios,
Que me arrastran hasta la magnitud de tu ronquido de pétalos
Deja mecer un espejo en tu tráquea; te digo dilatando la memoria de tus muertos,
beso tu cuello en escala Richter y tiemblan tus pestañas, se avecina una avalancha en tu médula, sobrevuelo las cordilleras de tu espalda y hago un aterrizaje en el cráter de tu vuelo, para beber lo que el cielo no conoce; un pájaro negro me guía a tu seno donde me espera una cátedra de flores.
No evoques aún de un golpe tu patria
Sin que tu vientre vietnamita le de asilo a mis voces.
toma mi boca con un guiño y cimbra el océano.
Me lavas las heridas causadas por el trapecio.
y escondo mi voz celeste.
Adorno tu vientre de tucanes
para recibir a la primavera.
conjuras tu falange
y abres la bóveda y dejas libre a la golondrina rosando tu costilla.
Salamandra bosteza
sobre el verbo nacido
después de colapsarnos.
Fausto escupe narcisos de sus labios.
Y un barco se hunde en mi mano izquierda mientras en la derecha mira lo atroz del silencio
Baladí para un asno que llora.
Baladí para un asno que llora