José Luis Galarza
Poeta que considera el portal su segunda casa
Escucho hablar sin parar.
Una cortina musical incesante.
Notas agudas ininterrumpidas.
Levantan un murallón en el centro del colectivo.
Estamos casi dormidos en su arrullo.
Escucho hablar sin parar.
Eran por lo menos cuatro niños
en el bullicio de diez.
Un responsable intenta sofrenar
la marea en alza verborrea.
El lenguaje fluye naturalmente,
hay muy poco de lugares comunes.
La libertad y el desparpajo natural.
Una episteme ilimitada.
La irreverencia, pero no absoluta.
Es el pensamiento fértil.
Una sabiduría inexplorada.
El niño y los lenguajes
no culminan en sí mismos.
Hablan sin parar.
El silencio callado de las bocas,
la retirada del habla
nos hizo entrar en una especie de ensoñación.
Y ahora que escucho hablar sin parar
entiendo el mundo como una expropiación,
me siento estafado.
Los escucho hablar y siento la intensidad de océano,
veo niños abandonados a la suerte de su espuma.
Como si el infinito dejara de ser silencioso.
Como si el infinito fuera un niño.
Una cortina musical incesante.
Notas agudas ininterrumpidas.
Levantan un murallón en el centro del colectivo.
Estamos casi dormidos en su arrullo.
Escucho hablar sin parar.
Eran por lo menos cuatro niños
en el bullicio de diez.
Un responsable intenta sofrenar
la marea en alza verborrea.
El lenguaje fluye naturalmente,
hay muy poco de lugares comunes.
La libertad y el desparpajo natural.
Una episteme ilimitada.
La irreverencia, pero no absoluta.
Es el pensamiento fértil.
Una sabiduría inexplorada.
El niño y los lenguajes
no culminan en sí mismos.
Hablan sin parar.
El silencio callado de las bocas,
la retirada del habla
nos hizo entrar en una especie de ensoñación.
Y ahora que escucho hablar sin parar
entiendo el mundo como una expropiación,
me siento estafado.
Los escucho hablar y siento la intensidad de océano,
veo niños abandonados a la suerte de su espuma.
Como si el infinito dejara de ser silencioso.
Como si el infinito fuera un niño.
Última edición: