buzorangel
Poeta recién llegado
Dime, ¿te acuerdas de cómo era hace diez años?
¿de mis rabietas, de mis besos locos,
de mis ojos de ermitaño?
¿de las flores en los parques y la hierba que pisamos?
Es difícil creer que pertenezco a tu pasado,
que me tienes en el mar de la memoria
con sus olas siempre cambiantes, maleables, susurrantes.
Los recuerdos van cambiando con el paso de los años.
Dime, ¿te acuerdas al menos de las circusntancias?
¿de las tuyas, de las mías, de las vicisitudes de antaño?
o ¿acaso el polvo de los años ha cubierto ya el esqueleto de tus sueños pasados?
¿Te acuerdas de esa playa esquiva con su voz que reía con garganta de gigante
en la que vivían voluptuosos seres hechos de agua, de sal y arena,
y prometimos amar al sol, amar al viento, amar al mar
de la manera más rústica y la más sublime de todas,
con las almas desnudas y los cuerpos enredados?
amando la vida, amando la dicha. En fin, amando tanto.
Quizá escape a tu memoria el recuerdo de los duendes de la casa de tu abuela
que como niños malcriados jugaban y reían espantando a las visitas.
Nunca puse un pie en aquella casa, pero el recuerdo es vívido en mi mente
porque de tus labios salió el relato.
El tiempo ha pasado, ¿cómo negarlo?
Hoy tengo otra vida en un lugar lejano,
un hijo al que amo y alguien que me espera en casa.
Soy feliz ahora, a pesar de no amar tanto,
a pesar de las promesas rotas como barcos encallados,
a pesar de aquél gigante de risa estertórea
que con su mano como estrella marina nos cobijó
con el agua de aquella esquiva playa en la que los duendes
jugaban a espantar a los vecinos y las abuelas danzaban al fuego
rojizo de las flores en un parque, pisando la hierba que pisamos.
Soy feliz ahora, ¿cómo negarlo?
No sé si más feliz o menos triste,
pero feliz aunque menos lúcido.
Y no es que te extrañe como desaforado,
y no es que necesite de tus besos,
de tu lengua como algas que cerraban mis labios
o de la voz de las gaviotas que aún me siguen los pasos.
Sólo quiero que sepas que todavía llevo tu alma impresa
en la palma de mis manos.
Y que estoy seguro de que mientras vivas
olvidarás los parques y las flores y las playas,
las abuelas y los duendes, los gigantes y las promesas,
nuestras ciscunstancias y las viscicitudes de antaño,
pero siempre abrigarás en tu memoria
el recuerdo de estos ojos negros de ermitaño..
¿de mis rabietas, de mis besos locos,
de mis ojos de ermitaño?
¿de las flores en los parques y la hierba que pisamos?
Es difícil creer que pertenezco a tu pasado,
que me tienes en el mar de la memoria
con sus olas siempre cambiantes, maleables, susurrantes.
Los recuerdos van cambiando con el paso de los años.
Dime, ¿te acuerdas al menos de las circusntancias?
¿de las tuyas, de las mías, de las vicisitudes de antaño?
o ¿acaso el polvo de los años ha cubierto ya el esqueleto de tus sueños pasados?
¿Te acuerdas de esa playa esquiva con su voz que reía con garganta de gigante
en la que vivían voluptuosos seres hechos de agua, de sal y arena,
y prometimos amar al sol, amar al viento, amar al mar
de la manera más rústica y la más sublime de todas,
con las almas desnudas y los cuerpos enredados?
amando la vida, amando la dicha. En fin, amando tanto.
Quizá escape a tu memoria el recuerdo de los duendes de la casa de tu abuela
que como niños malcriados jugaban y reían espantando a las visitas.
Nunca puse un pie en aquella casa, pero el recuerdo es vívido en mi mente
porque de tus labios salió el relato.
El tiempo ha pasado, ¿cómo negarlo?
Hoy tengo otra vida en un lugar lejano,
un hijo al que amo y alguien que me espera en casa.
Soy feliz ahora, a pesar de no amar tanto,
a pesar de las promesas rotas como barcos encallados,
a pesar de aquél gigante de risa estertórea
que con su mano como estrella marina nos cobijó
con el agua de aquella esquiva playa en la que los duendes
jugaban a espantar a los vecinos y las abuelas danzaban al fuego
rojizo de las flores en un parque, pisando la hierba que pisamos.
Soy feliz ahora, ¿cómo negarlo?
No sé si más feliz o menos triste,
pero feliz aunque menos lúcido.
Y no es que te extrañe como desaforado,
y no es que necesite de tus besos,
de tu lengua como algas que cerraban mis labios
o de la voz de las gaviotas que aún me siguen los pasos.
Sólo quiero que sepas que todavía llevo tu alma impresa
en la palma de mis manos.
Y que estoy seguro de que mientras vivas
olvidarás los parques y las flores y las playas,
las abuelas y los duendes, los gigantes y las promesas,
nuestras ciscunstancias y las viscicitudes de antaño,
pero siempre abrigarás en tu memoria
el recuerdo de estos ojos negros de ermitaño..
Juan José Y. Buzo Rangel
Reynosa, Tamaulipas 05/07/2010
Reynosa, Tamaulipas 05/07/2010
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