Diosa que naces del río, emerges del agua que dulce yace.
Mojas tus huellas en tierra, mientras se seca, tu cuerpo nace.
Respiras el aire de afuera, cambiando por piel las escamas.
Mudando como de traje, desciendes de doble linaje.
Mujer de sal y arena, que igual nadas lo que caminas.
Das nada al que te mira, cuando te vas te difuminas
Alma de mil estatuas, derrota de veinticinco guerreros;
que con tu silencio haces sonoros los llantos de carceleros.
Caminas sobre las aguas, secreta como la noche,
iluminando la madrugada con tus ojos verdes de jade.
Mientras me ausento dialogas con forajidos en vilo,
explicas por qué cada noche, escapas del fondo del río.
Lágrimas involuntarias, brotan de tus ojos de agua.
Te ofrezco pronto un remedio, te ruego que no te vayas.
Pides que pierda cuidado, afirmas que no es gran estrago.
Me ocultas que a cada lágrima, tu esencia regresa al lago.
Te irás evaporando, te irás evaporada,
dejando en la alborada
tus ropas de manta blanca.
Me dan cuenta de lo que en mi ausencia narraste.
Sobre la muerte que en el fondo se extiende.
Me doy cuenta que en mi presencia callaste.
Es una forma de decirme: fallaste.
Mientras mortales se turnan, para hablar frente a los otros,
te yergues a sus espaldas, como estatua sin alma,
como alma de fina estatua.
Luego vuelve la noche y con ella las viandas de gala,
y aunque nadie lo nota, te descubro flotando en el río.
Entonces te tornas ignota, tu mirada brilla como bengala.
Sólo te miro partir, solo me quedo, triste y sombrío.
Diosa que vuelves al río, te sumerges en agua que dulce yace.
Mojas tu piel de verano hasta que tu primer linaje renace.
Lágrimas involuntarias brotan de mis ojos de tierra.
No oculto que desde entonces la muerte en mi fondo se encierra.
Despierto en las noches sudando, envuelto en agua de río.
Escucho tu risa de niña, tu voz de bella sirena.
Evoco la vida pasada cuando te vi por vez primera
en ese lugar fascinante de eterna primavera.
Mojas tus huellas en tierra, mientras se seca, tu cuerpo nace.
Respiras el aire de afuera, cambiando por piel las escamas.
Mudando como de traje, desciendes de doble linaje.
Mujer de sal y arena, que igual nadas lo que caminas.
Das nada al que te mira, cuando te vas te difuminas
Alma de mil estatuas, derrota de veinticinco guerreros;
que con tu silencio haces sonoros los llantos de carceleros.
Caminas sobre las aguas, secreta como la noche,
iluminando la madrugada con tus ojos verdes de jade.
Mientras me ausento dialogas con forajidos en vilo,
explicas por qué cada noche, escapas del fondo del río.
Lágrimas involuntarias, brotan de tus ojos de agua.
Te ofrezco pronto un remedio, te ruego que no te vayas.
Pides que pierda cuidado, afirmas que no es gran estrago.
Me ocultas que a cada lágrima, tu esencia regresa al lago.
Te irás evaporando, te irás evaporada,
dejando en la alborada
tus ropas de manta blanca.
Me dan cuenta de lo que en mi ausencia narraste.
Sobre la muerte que en el fondo se extiende.
Me doy cuenta que en mi presencia callaste.
Es una forma de decirme: fallaste.
Mientras mortales se turnan, para hablar frente a los otros,
te yergues a sus espaldas, como estatua sin alma,
como alma de fina estatua.
Luego vuelve la noche y con ella las viandas de gala,
y aunque nadie lo nota, te descubro flotando en el río.
Entonces te tornas ignota, tu mirada brilla como bengala.
Sólo te miro partir, solo me quedo, triste y sombrío.
Diosa que vuelves al río, te sumerges en agua que dulce yace.
Mojas tu piel de verano hasta que tu primer linaje renace.
Lágrimas involuntarias brotan de mis ojos de tierra.
No oculto que desde entonces la muerte en mi fondo se encierra.
Despierto en las noches sudando, envuelto en agua de río.
Escucho tu risa de niña, tu voz de bella sirena.
Evoco la vida pasada cuando te vi por vez primera
en ese lugar fascinante de eterna primavera.