Cris Cam
Poeta adicto al portal
Doce en punto
Doce en punto,
la resolana amarilla del otoño,
juega en los declives de las ventanas.
Llaman a la puerta,
sin palabras,
una carta apenas hecha,
apuro del mensaje,
en el margen de una revista.
Un bollo de papel,
alguien precisó entrega en mano,
alguien que sabía de un secreto,
un pasado, una flor,
crecida del gajo de aquella flor,
que perteneció al azúcar,
nuestra última noche.
La letra apenas dibujada,
temor de trazo,
que has muerto, dice.
Nadie me ve,
nadie puede intuir en mi póker de ases,
que subo la escalera sólo para llorar,
nadie de la razón de mis ojos rojos.
Seis de la tarde,
quiebro mi traje azul
con ausencia de protocolo,
en las modernas salas.
Nadie sabe quien soy,
sólo tu hermano se me acerca,
se sostiene con la mano derecha,
engrampada al hombro de mi traje,
apoya su frente y llora.
Te veo el rostro lívido,
tan bello,
como si tal cosa.
Tres de la mañana.
Nadie ve que clavo las uñas
en la caja de sándalos perfumes,
que pretende abrazarte, cobijarte, amarte.
Nadie que te beso con furia,
la misma que la noche del adios.
Ya no hay lágrimas,
ambos las gastamos,
30 años de desencuentros,
digo, es decir, reformulo,
sólo la luz de los encuentros
detrás de las puertas que esconden los espejos.
Lástima no haya quedado heredad,
para la amalgama de tus cielos y mis caobas.
Creo que es demasiada venganza,
movernos como seres fríos, solitarios,
cuando las tardes de primavera se incendiaban,
para esconder nuestros abrazos.
Las tontas razones,
las rejas de púas,
la cobardía de no raptarte,
de tu torre de silencio.
Cuatro de la tarde,
puntualidad de guantes blancos,
tres sogas, un abismo húmedo,
un rezo, un incienso, un adios.
Cinco de la tarde,
arrojo el traje azul,
busco la misma remera,
esa que hiciste jirones de tus dientes.
El sol me guiña un ojo,
casi te veo,
un pájaro vuela a través del cromo,
el primer track,
respiro,
te
pien... so,
es... pe... ra... me.
encojo el índice,
te quie...
Doce en punto,
la resolana amarilla del otoño,
juega en los declives de las ventanas.
Llaman a la puerta,
sin palabras,
una carta apenas hecha,
apuro del mensaje,
en el margen de una revista.
Un bollo de papel,
alguien precisó entrega en mano,
alguien que sabía de un secreto,
un pasado, una flor,
crecida del gajo de aquella flor,
que perteneció al azúcar,
nuestra última noche.
La letra apenas dibujada,
temor de trazo,
que has muerto, dice.
Nadie me ve,
nadie puede intuir en mi póker de ases,
que subo la escalera sólo para llorar,
nadie de la razón de mis ojos rojos.
Seis de la tarde,
quiebro mi traje azul
con ausencia de protocolo,
en las modernas salas.
Nadie sabe quien soy,
sólo tu hermano se me acerca,
se sostiene con la mano derecha,
engrampada al hombro de mi traje,
apoya su frente y llora.
Te veo el rostro lívido,
tan bello,
como si tal cosa.
Tres de la mañana.
Nadie ve que clavo las uñas
en la caja de sándalos perfumes,
que pretende abrazarte, cobijarte, amarte.
Nadie que te beso con furia,
la misma que la noche del adios.
Ya no hay lágrimas,
ambos las gastamos,
30 años de desencuentros,
digo, es decir, reformulo,
sólo la luz de los encuentros
detrás de las puertas que esconden los espejos.
Lástima no haya quedado heredad,
para la amalgama de tus cielos y mis caobas.
Creo que es demasiada venganza,
movernos como seres fríos, solitarios,
cuando las tardes de primavera se incendiaban,
para esconder nuestros abrazos.
Las tontas razones,
las rejas de púas,
la cobardía de no raptarte,
de tu torre de silencio.
Cuatro de la tarde,
puntualidad de guantes blancos,
tres sogas, un abismo húmedo,
un rezo, un incienso, un adios.
Cinco de la tarde,
arrojo el traje azul,
busco la misma remera,
esa que hiciste jirones de tus dientes.
El sol me guiña un ojo,
casi te veo,
un pájaro vuela a través del cromo,
el primer track,
respiro,
te
pien... so,
es... pe... ra... me.
encojo el índice,
te quie...