Doctora Corazón

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Mecenas
Ella no lleva bata blanca.
No necesita estetoscopio para escuchar el dolor,
porque aprendió a reconocer las heridas
en el temblor de una voz,
en una mirada que evita encontrarse con otra,
en el silencio de quien sonríe mientras se derrumba por dentro.

La llaman Doctora Corazón.

Y aunque no existe universidad capaz de otorgar ese título,
la vida le entregó el diploma
cada vez que sostuvo a alguien roto
hasta que volvió a recordar quién era.

Conoce el lenguaje de las lágrimas.

Sabe distinguir las que nacen de la tristeza,
las que vienen de la rabia
y aquellas más profundas,
las que aparecen cuando un alma lleva demasiado tiempo
cargando sola su sufrimiento.


No cose heridas con hilo.
Las cose con palabras.
Con paciencia.
Con abrazos invisibles.

Con esa extraña capacidad de escuchar
sin juzgar,
de comprender sin preguntar demasiado,
de acompañar sin intentar ocupar el lugar de nadie.

Hay personas que reparan relojes,
otras restauran edificios antiguos.

Ella restaura esperanzas.

Recoge los pedazos que dejan los amores imposibles,
las promesas incumplidas,
las despedidas inesperadas,
y con infinita delicadeza
ayuda a reconstruir aquello que parecía perdido.

Pero nadie imagina
que quienes curan corazones también sangran.

Que detrás de cada consejo
hay cicatrices propias.

Que detrás de cada palabra de aliento
vive una mujer que alguna vez conoció la oscuridad,
y decidió convertir sus heridas
en refugio para otros.

Por eso cuando alguien le pregunta
de dónde viene tanta ternura,
ella sonríe.

Porque sabe que las almas más compasivas
no nacen de la felicidad.

Nacen de haber sobrevivido al dolor.

Y mientras el mundo sigue rompiendo corazones
con su torpeza habitual,
ella continúa su labor silenciosa,
caminando entre historias rotas,
encendiendo pequeñas luces
en medio de la noche.

Como una guardiana de la esperanza.
Como una sanadora de lo invisible.

Como esa mujer extraordinaria
que aprendió que algunas personas
no llegan a nuestra vida para quedarse,
sino para enseñarnos
que incluso los corazones hechos añicos
pueden volver a latir.

Y hacerlo más fuerte,
más sabio,
y más hermoso que antes.
 
Ella no lleva bata blanca.
No necesita estetoscopio para escuchar el dolor,
porque aprendió a reconocer las heridas
en el temblor de una voz,
en una mirada que evita encontrarse con otra,
en el silencio de quien sonríe mientras se derrumba por dentro.

La llaman Doctora Corazón.

Y aunque no existe universidad capaz de otorgar ese título,
la vida le entregó el diploma
cada vez que sostuvo a alguien roto
hasta que volvió a recordar quién era.

Conoce el lenguaje de las lágrimas.

Sabe distinguir las que nacen de la tristeza,
las que vienen de la rabia
y aquellas más profundas,
las que aparecen cuando un alma lleva demasiado tiempo
cargando sola su sufrimiento.


No cose heridas con hilo.
Las cose con palabras.
Con paciencia.
Con abrazos invisibles.

Con esa extraña capacidad de escuchar
sin juzgar,
de comprender sin preguntar demasiado,
de acompañar sin intentar ocupar el lugar de nadie.

Hay personas que reparan relojes,
otras restauran edificios antiguos.

Ella restaura esperanzas.

Recoge los pedazos que dejan los amores imposibles,
las promesas incumplidas,
las despedidas inesperadas,
y con infinita delicadeza
ayuda a reconstruir aquello que parecía perdido.

Pero nadie imagina
que quienes curan corazones también sangran.

Que detrás de cada consejo
hay cicatrices propias.

Que detrás de cada palabra de aliento
vive una mujer que alguna vez conoció la oscuridad,
y decidió convertir sus heridas
en refugio para otros.

Por eso cuando alguien le pregunta
de dónde viene tanta ternura,
ella sonríe.

Porque sabe que las almas más compasivas
no nacen de la felicidad.

Nacen de haber sobrevivido al dolor.

Y mientras el mundo sigue rompiendo corazones
con su torpeza habitual,
ella continúa su labor silenciosa,
caminando entre historias rotas,
encendiendo pequeñas luces
en medio de la noche.

Como una guardiana de la esperanza.
Como una sanadora de lo invisible.

Como esa mujer extraordinaria
que aprendió que algunas personas
no llegan a nuestra vida para quedarse,
sino para enseñarnos
que incluso los corazones hechos añicos
pueden volver a latir.

Y hacerlo más fuerte,
más sabio,
y más hermoso que antes.
Hay que valorar el tiempo que te dedica otra persona, así como la Doctora Corazón. Saludos!
 

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