Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
El dolo de tu adiós no estuvo entre tus pasos
largos de zancudo cuando te miré a la espalda
al tiempo que agitabas sin mirar atrás
tu diestra mano tan siniestra,
ni de las interrogantes que se le escurrieron
con el golpe a la puerta como lagrimas de chapopote,
no germinaron, luz de luna en plata, de ninguna
bronca, pues estando uno del otro; conciliar
las discrepancias siempre terminó en el lujo
de flotar dos cuartas por encima de la cama.
El dolo le nació adulto y sin madre a tus verbos,
pues aún recuerdo, aunque estaba poco cuerdo,
que antes de colgar nuestro cariño en el cadalso
tus ultimas palabras fueron; no eres tú y
rabiando estoy porque te amo, soy yo que no
comprendo del amar la seriedad de quien me ama.
Con en eso, mi estrella de alta mar y mal versar,
me partiste el pecho en la mitad que aún te ama, y
en la otra que atroz dolida hoy te extraña, y
le diste a la razón, amor, el entendimiento
de lo que es el dolo sin piedad, disparado a boca jarro.
. 4.2.11 en una tarde fría perdiendo la emoción de lo que iba ser, tal vez mañana, una bella tarde, y esperando que en el mañana ya no haga tanto frío, ni sea tarde.
Nota 1. ya no sé si ir a ver a mi Psiquiatra o al Tanatólogo, creo que ambos han perdido más de lo que creen y no dan vistas de asimilarlo.
Nota 2. dice en mis Delicados “el humo de tu tabaco también daña a tus hijos” ¿y si no tengo hijos también los daña?
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