Veo que hemos venido tus amigos viejos a consolarte, a serte solidarios, a decirte que sí, que existe y duele la soledad y que el sol sí que se adormece en los labios, en los dedos del agua, y que así como nace tanta cosa en esa misma agua, también en ella, como has decubierto, perece ahogada y resignada la luz. No lo podías haber dicho de manera más hermosa, chiquita, y la manera más hermosa se llama siempre POESÍA.
Venimos impensadamente, nunca al mismo tiempo, cada uno con una rosa en las manos... con nuestros achaques viejos y recién comprados de la ambición de vivir, cincuentones, sesentones, mamones... porque tú eres una nena y te queremos, chica, así sea en la distancia. No como padres, tampoco como hombres que quieren a las mujeres... sino más allá, tal vez como amigos de extraña amistad que a veces todavía no saben mirarse al espejo.
Pero ¿quién dijo que la amistad tenía que ser en blanco y negro?
Si pudiera, aunque no te borrara la lágrima, te daría un largo abrazo.