Por aquél entonces, cuando alguien moría, se velaba al difunto en su casa durante toda la noche. En el barrio, Doña Consuelo (Consuelito,) era siempre la primera en aparecer y tras un:- "¡Ay señor! Si es que me lo estaba aberruntando"- Se ocupaba de recoger el último suspiro del finado y los primeros alaridos de dolor de los familiares; acto seguido tomaba las riendas y se ponía a dar órdenes:
Llamar a Don Ignacio (el cura);
conseguir la mejor gallina (a ser posible vieja) para preparar de buen caldo.
Un caldero de chocolate bien espeso y otro de agua de toronjil que, (según ella) era buena para todos los males; además, mandaba a preparar humeantes cafeteras de café con su chorrito de coñac (para que los hombres no se "amormaran")- decía.
Aunque aún no se se sabía nada del Tranquimazin, sin embargo y debido a la sabiduría popular heredada de sus ancestros, se conocía y mucho, sobre como manejar los tiempos del duelo; la histeria del momento la resolvía doña Consuelito con un buen trago de licor casero, o dos, o tres...que, según decía, apaciguaba los ánimos y adormecía el dolor ; así que no era de extrañar ver a las viudas, atendidas por doña Consuelo, sentadas junto al difunto con el rostro enrojecido, medio "entonadas", pasar de las risas sin sentido, a unos berridos de dolor que taladraban la noche; entonces ella, corría como un cisco al mueble trinchante y como quien ofrece un jarabe les enjilaba otro lingotazo de licor casero, hasta que, la doliente viuda, caía vencida por el tibio sopor del duermevela.
Luego, sentada junto a ella, doña Consuelito animaba la noche contando relatos sobre el finado y otros vecinos que, como él, habían pasado a mejor vida. Así fue como hizo suya la frase "¡Dios lo tenga en los Reinos de la Gloria! "que repetía hasta la extenuación persignándose de cada vez. Uno de sus mejores relatos era el de :
La tarta
Un día, bajaba Alfonsito "el largo" ¡Dios lo tenga en los Reinos de la Gloria!, muy farruco él, ¡ay, parece como si lo estuviera viendo!, con su tarta en la palma de la mano pa´ el cumpleaños de Falito; cuando en esto que se encuentra con Julianito "el moreno" ( que era mulato)- ¡Dios lo tenga en los reinos de la Gloria! Que subía con Lalita "la guapa" ¡Dios la tengan en los Reinos de la Gloria!... ¡Ay no!, que el "arritranco" ese acabo con el pobre Julianito pero ella "en todavía" no se ha muerto ; ¡Si es que Dios se lleva a los mejores!..Pues como les venía contando, parece que el Julianito, que iba medio empitonado, sin venir a cuento, jaló por la mano y le arreó tal manotazo a la tarta, que la aventó hasta la plaza donde jugaban los muchachos justo en el momento que pasaba por allí D. Román "el guardia" -¡Dios lo tenga en los reinos de la Gloria!- que había estado de servicio toda la noche y lo cogió por sorpresa; el pobre comió tarta hasta por los ojos, y en vez de enfadarse, le entró un ataque de risa, que no hubo Dios que lo parara. De la tarta comieron todos, los muchachos, los pájaros de los árboles, los perros, gatos y hasta las gallinas que picotearon los restos; bueno, todos, "menos Falito.
En todos los duelos asistidos por doña Consuelito las lágrimas de dolor corrían a la par que las de la risa.
A la hora de cargar el ataúd, doña Consuelito organizaba a los hombres entre la familiares y amigos por estatura y peso y preparaba a un corrillo de mujeres para recoger, antes de que cayera al suelo, a los familiares propensos al consabido desmayo que, unido a los gritos de ¡No se lo lleven!, era como la traca final de despedida al finado.
Una verdadera joya doña Consuelo, ¡Dios la tenga en los Reinos de la Gloria! Ya no quedan personajes como ella, ni duelos tan saludables como aquellos.
Llamar a Don Ignacio (el cura);
conseguir la mejor gallina (a ser posible vieja) para preparar de buen caldo.
Un caldero de chocolate bien espeso y otro de agua de toronjil que, (según ella) era buena para todos los males; además, mandaba a preparar humeantes cafeteras de café con su chorrito de coñac (para que los hombres no se "amormaran")- decía.
Aunque aún no se se sabía nada del Tranquimazin, sin embargo y debido a la sabiduría popular heredada de sus ancestros, se conocía y mucho, sobre como manejar los tiempos del duelo; la histeria del momento la resolvía doña Consuelito con un buen trago de licor casero, o dos, o tres...que, según decía, apaciguaba los ánimos y adormecía el dolor ; así que no era de extrañar ver a las viudas, atendidas por doña Consuelo, sentadas junto al difunto con el rostro enrojecido, medio "entonadas", pasar de las risas sin sentido, a unos berridos de dolor que taladraban la noche; entonces ella, corría como un cisco al mueble trinchante y como quien ofrece un jarabe les enjilaba otro lingotazo de licor casero, hasta que, la doliente viuda, caía vencida por el tibio sopor del duermevela.
Luego, sentada junto a ella, doña Consuelito animaba la noche contando relatos sobre el finado y otros vecinos que, como él, habían pasado a mejor vida. Así fue como hizo suya la frase "¡Dios lo tenga en los Reinos de la Gloria! "que repetía hasta la extenuación persignándose de cada vez. Uno de sus mejores relatos era el de :
La tarta
Un día, bajaba Alfonsito "el largo" ¡Dios lo tenga en los Reinos de la Gloria!, muy farruco él, ¡ay, parece como si lo estuviera viendo!, con su tarta en la palma de la mano pa´ el cumpleaños de Falito; cuando en esto que se encuentra con Julianito "el moreno" ( que era mulato)- ¡Dios lo tenga en los reinos de la Gloria! Que subía con Lalita "la guapa" ¡Dios la tengan en los Reinos de la Gloria!... ¡Ay no!, que el "arritranco" ese acabo con el pobre Julianito pero ella "en todavía" no se ha muerto ; ¡Si es que Dios se lleva a los mejores!..Pues como les venía contando, parece que el Julianito, que iba medio empitonado, sin venir a cuento, jaló por la mano y le arreó tal manotazo a la tarta, que la aventó hasta la plaza donde jugaban los muchachos justo en el momento que pasaba por allí D. Román "el guardia" -¡Dios lo tenga en los reinos de la Gloria!- que había estado de servicio toda la noche y lo cogió por sorpresa; el pobre comió tarta hasta por los ojos, y en vez de enfadarse, le entró un ataque de risa, que no hubo Dios que lo parara. De la tarta comieron todos, los muchachos, los pájaros de los árboles, los perros, gatos y hasta las gallinas que picotearon los restos; bueno, todos, "menos Falito.
En todos los duelos asistidos por doña Consuelito las lágrimas de dolor corrían a la par que las de la risa.
A la hora de cargar el ataúd, doña Consuelito organizaba a los hombres entre la familiares y amigos por estatura y peso y preparaba a un corrillo de mujeres para recoger, antes de que cayera al suelo, a los familiares propensos al consabido desmayo que, unido a los gritos de ¡No se lo lleven!, era como la traca final de despedida al finado.
Una verdadera joya doña Consuelo, ¡Dios la tenga en los Reinos de la Gloria! Ya no quedan personajes como ella, ni duelos tan saludables como aquellos.
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