Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hay un niño
que guarda el sol en los bolsillos rotos.
Camina descalzo
sobre caminos de polvo y silencio,
pero en sus ojos
todavía florecen los pájaros.
Hay una mujer
que cose la noche con hilos de esperanza.
Sus manos conocen el cansancio,
la ausencia,
las despedidas que no tuvieron abrazo.
Y aun así,
cada mañana enciende una sonrisa
como quien enciende una lámpara
para que otros no teman a la oscuridad.
Hay un anciano
que conversa con los recuerdos.
En las arrugas de su frente
duermen ciudades enteras,
historias que nadie escribió,
sueños que resistieron al tiempo.
Y está también el hombre desconocido,
la mujer invisible,
el rostro que cruzamos sin mirar.
Todos llevan dentro
un universo de luchas silenciosas.
Todos cargan una herida
que no se ve desde lejos.
Por eso,
cuando extiendas la mano,
hazlo como quien ofrece un puente.
Cuando escuches,
hazlo como quien recoge agua
para un viajero sediento.
Cuando mires a otro ser humano,
míralo despacio.
Porque quizá detrás de sus ojos
se esté librando una batalla
que merece respeto.
El mundo no cambiará
por la fuerza de los gritos.
Cambiará el día
en que comprendamos
que nadie se salva solo.
Que cada acto de bondad
es una semilla.
Que cada abrazo sincero
es una victoria contra el frío.
Y que la humanidad comienza
allí donde un corazón
decide hacer espacio para otro.
Porque mientras exista alguien
capaz de compartir su luz,
aún late el mundo.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados
que guarda el sol en los bolsillos rotos.
Camina descalzo
sobre caminos de polvo y silencio,
pero en sus ojos
todavía florecen los pájaros.
Hay una mujer
que cose la noche con hilos de esperanza.
Sus manos conocen el cansancio,
la ausencia,
las despedidas que no tuvieron abrazo.
Y aun así,
cada mañana enciende una sonrisa
como quien enciende una lámpara
para que otros no teman a la oscuridad.
Hay un anciano
que conversa con los recuerdos.
En las arrugas de su frente
duermen ciudades enteras,
historias que nadie escribió,
sueños que resistieron al tiempo.
Y está también el hombre desconocido,
la mujer invisible,
el rostro que cruzamos sin mirar.
Todos llevan dentro
un universo de luchas silenciosas.
Todos cargan una herida
que no se ve desde lejos.
Por eso,
cuando extiendas la mano,
hazlo como quien ofrece un puente.
Cuando escuches,
hazlo como quien recoge agua
para un viajero sediento.
Cuando mires a otro ser humano,
míralo despacio.
Porque quizá detrás de sus ojos
se esté librando una batalla
que merece respeto.
El mundo no cambiará
por la fuerza de los gritos.
Cambiará el día
en que comprendamos
que nadie se salva solo.
Que cada acto de bondad
es una semilla.
Que cada abrazo sincero
es una victoria contra el frío.
Y que la humanidad comienza
allí donde un corazón
decide hacer espacio para otro.
Porque mientras exista alguien
capaz de compartir su luz,
aún late el mundo.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados