Nací en una casa de dos pisos,
paredes de ladrillo quemado
como arena del desierto sin fin,
y a los lados, otras casas de paredes de adobe
barro y tapia y techo de viejas tejas de barro.
Al frente de la casa, las otras pobres casas del barrio,
calle de encantado empedrado,
¿Y dónde están esas piedras que tanto pisamos?
¿Y dónde están las paredes de adobe y las tejas de barro
de las casas del lado de la casa?
Como creciente rauda de las quebradas,
fuimos creciendo en la casa de dos pisos siete vástagos,
y el alimento para sostener el vergel prolífico,
papá con dedicación
los sacaba de trabajar la madera
y Él era carpintero,
pero aun había espacio en los bosques
para amar, talar y sembrar,
y papá amaba su bosque y amaba a mamá
y papá y mamá nos quería a todos.
Él se emborrachaba con guarapo,
otras veces con chicha de maíz
y ponía música en el fonógrafo
y éramos todos muy felices,
pareciese que era la época del Dios Mitra
y la palabra meum y tuum no existía.
En mi cuerpo incursionaron las bacterias
y los virus desconocidos de antaño tiempos:
la viruela, el sarampión, la tos ferina, tuberculosis
y otras enfermedades que no recuerdo.
Sólo las fotos viejas y amarillas sin color
muestran lo enjuto de mi cuerpo,
y la tristeza mía por la gente
que ya no está.
Fuimos creciendo como semilla en vergel fértil
acompañados de los juegos de los pipos, los aros,
los palos de colombina, los trompos, el burrión,
¿Y donde están esos juegos que ya no juegan?
Qué agraciadas evocaciones para este pedazo de vida
en momentos convulsionados.
Y llegó la hora de ir a la escuela, al colegio,
oh niñez, oh adolescencia,
sólo han quedado los recuerdos
en las viejas fotos amarillas,
¿Y para qué mirar esto si las alegrías y tersuras
son dolor de tiempos?
Y claro,
alumbrados por la luz de una vela,
y la pálida luna,
y el claro cielo confundido con la noche,
leímos cuanto pudimos:
El tesoro de la juventud, Rubén Darío en su obra Genio y
figura,
"El Sueño de las escalinatas" de Zalamea, libros muchos,
una locura todo esto,
pero más loco nos decíamos, la poética de Walt Whitman
en el siguiente verso:
El reloj marca los minutos
Pero ¿y la eternidad?
¿Qué marca la eternidad?
¿Y qué nos marca a nosotros? nos cuestionábamos.
Seguir leyendo los pocos libros de la jurásica biblioteca,
oír por boca de los mayores la separación de Panamá,
la guerra de los mil días,
la masacre de las bananeras,
el bogotazo,
las hostilidades entre godos y liberales,
¿y los chulavitas?
la llegada del papa Pablo sexto,
el hombre en la luna,
la robótica, la informática, la cibernética,
el proyecto genoma humano,
los muertos vivientes,
no entendía todo esto.
¿Y las risas y las alegrías dónde están?
Y las voces que animaron y rompieron rocas se perdieron
en el profundo
de la eternidad.
Y mucho después
La mágica primavera tres claveles y una orquídea me
regalaron,
claveles que vierten por sus poros luz radiante cual
bóveda celeste,
buscando en el infinito esas voces perdidas.
Y la orquídea,
la mejor orquídea entre las orquídeas,
orquídea arropadora con su esplendorosa belleza,
que hace de las noches tristes, alegres noches,
en las caricias que encuentro en los amaneceres largos.
Orquídea vida, jardín de mi poética loca.
Luecamon
paredes de ladrillo quemado
como arena del desierto sin fin,
y a los lados, otras casas de paredes de adobe
barro y tapia y techo de viejas tejas de barro.
Al frente de la casa, las otras pobres casas del barrio,
calle de encantado empedrado,
¿Y dónde están esas piedras que tanto pisamos?
¿Y dónde están las paredes de adobe y las tejas de barro
de las casas del lado de la casa?
Como creciente rauda de las quebradas,
fuimos creciendo en la casa de dos pisos siete vástagos,
y el alimento para sostener el vergel prolífico,
papá con dedicación
los sacaba de trabajar la madera
y Él era carpintero,
pero aun había espacio en los bosques
para amar, talar y sembrar,
y papá amaba su bosque y amaba a mamá
y papá y mamá nos quería a todos.
Él se emborrachaba con guarapo,
otras veces con chicha de maíz
y ponía música en el fonógrafo
y éramos todos muy felices,
pareciese que era la época del Dios Mitra
y la palabra meum y tuum no existía.
En mi cuerpo incursionaron las bacterias
y los virus desconocidos de antaño tiempos:
la viruela, el sarampión, la tos ferina, tuberculosis
y otras enfermedades que no recuerdo.
Sólo las fotos viejas y amarillas sin color
muestran lo enjuto de mi cuerpo,
y la tristeza mía por la gente
que ya no está.
Fuimos creciendo como semilla en vergel fértil
acompañados de los juegos de los pipos, los aros,
los palos de colombina, los trompos, el burrión,
¿Y donde están esos juegos que ya no juegan?
Qué agraciadas evocaciones para este pedazo de vida
en momentos convulsionados.
Y llegó la hora de ir a la escuela, al colegio,
oh niñez, oh adolescencia,
sólo han quedado los recuerdos
en las viejas fotos amarillas,
¿Y para qué mirar esto si las alegrías y tersuras
son dolor de tiempos?
Y claro,
alumbrados por la luz de una vela,
y la pálida luna,
y el claro cielo confundido con la noche,
leímos cuanto pudimos:
El tesoro de la juventud, Rubén Darío en su obra Genio y
figura,
"El Sueño de las escalinatas" de Zalamea, libros muchos,
una locura todo esto,
pero más loco nos decíamos, la poética de Walt Whitman
en el siguiente verso:
El reloj marca los minutos
Pero ¿y la eternidad?
¿Qué marca la eternidad?
¿Y qué nos marca a nosotros? nos cuestionábamos.
Seguir leyendo los pocos libros de la jurásica biblioteca,
oír por boca de los mayores la separación de Panamá,
la guerra de los mil días,
la masacre de las bananeras,
el bogotazo,
las hostilidades entre godos y liberales,
¿y los chulavitas?
la llegada del papa Pablo sexto,
el hombre en la luna,
la robótica, la informática, la cibernética,
el proyecto genoma humano,
los muertos vivientes,
no entendía todo esto.
¿Y las risas y las alegrías dónde están?
Y las voces que animaron y rompieron rocas se perdieron
en el profundo
de la eternidad.
Y mucho después
La mágica primavera tres claveles y una orquídea me
regalaron,
claveles que vierten por sus poros luz radiante cual
bóveda celeste,
buscando en el infinito esas voces perdidas.
Y la orquídea,
la mejor orquídea entre las orquídeas,
orquídea arropadora con su esplendorosa belleza,
que hace de las noches tristes, alegres noches,
en las caricias que encuentro en los amaneceres largos.
Orquídea vida, jardín de mi poética loca.
Luecamon