Sommbras
Poeta adicto al portal
.
La playa era el sonido no vivido de mi mar interior que flotaba, que resonaba, y con las entrañas llenas de peces reunía yo las gaviotas permitiéndolas hacer nidos en mi pelo. Las olas me recordaban su montañoso pecho, su rebaño de besos de leche, la tierra toda de sus volcanes, la cicatrizada corteza de su vientre, escucha tú el buque, acerca tus oídos, el buque cerca del puerto, escucha el buque, navegando por mis mares interiores.
Ya no estás, poderosa presencia de mí mismo eres, labriego turbulento soy por esta playa donde te siembro, me crezcan los viajes y las alas antes de ganar la isla de tu beso, ahora no estás, pero miro tus labios y siento que mirándome templarían como las hojas de esta palmera.
En las letras de la arena de estas dunas está escrita toda mí verdad y toda nuestra mentira. Donde había una playa, un beso.
Las olas
se ablandan por recuerdos, en espuma.
Desnuda frente a un muro líquido
recoges una concha seguramente rota.
Ven hacia mí. Mis brazos crecen, huyen
donde los tuyos la mañana aquella.
Que mi beso se beba tu vino.
Ven hacia mí. La mar toda ondea,
se mueve, cruje. Vístete. Despierta.
Que mi beso con los ojos arranque tu gemido.
Que me beses por dentro con tu boca.
Que en el beso te robe la estrella
aliada de tus dientes.
Que contigo me pondré la sombra de oro, otra vez.
Tú, corriendo tras las olas,
perfecta como el sábado o la primavera.
Tuvimos un mar
donde conocíamos el nombre de todos los peces.
Los saludábamos en el dique.
Hambrientos los peces gemían,
parecían subir sus bocas para besarnos.
Pez estoy, aquí, allí,
donde había una playa, un beso
....
..
.
Jesús Soriano.
La playa era el sonido no vivido de mi mar interior que flotaba, que resonaba, y con las entrañas llenas de peces reunía yo las gaviotas permitiéndolas hacer nidos en mi pelo. Las olas me recordaban su montañoso pecho, su rebaño de besos de leche, la tierra toda de sus volcanes, la cicatrizada corteza de su vientre, escucha tú el buque, acerca tus oídos, el buque cerca del puerto, escucha el buque, navegando por mis mares interiores.
Ya no estás, poderosa presencia de mí mismo eres, labriego turbulento soy por esta playa donde te siembro, me crezcan los viajes y las alas antes de ganar la isla de tu beso, ahora no estás, pero miro tus labios y siento que mirándome templarían como las hojas de esta palmera.
En las letras de la arena de estas dunas está escrita toda mí verdad y toda nuestra mentira. Donde había una playa, un beso.
Las olas
se ablandan por recuerdos, en espuma.
Desnuda frente a un muro líquido
recoges una concha seguramente rota.
Ven hacia mí. Mis brazos crecen, huyen
donde los tuyos la mañana aquella.
Que mi beso se beba tu vino.
Ven hacia mí. La mar toda ondea,
se mueve, cruje. Vístete. Despierta.
Que mi beso con los ojos arranque tu gemido.
Que me beses por dentro con tu boca.
Que en el beso te robe la estrella
aliada de tus dientes.
Que contigo me pondré la sombra de oro, otra vez.
Tú, corriendo tras las olas,
perfecta como el sábado o la primavera.
Tuvimos un mar
donde conocíamos el nombre de todos los peces.
Los saludábamos en el dique.
Hambrientos los peces gemían,
parecían subir sus bocas para besarnos.
Pez estoy, aquí, allí,
donde había una playa, un beso
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Jesús Soriano.