victorialozano
Poeta recién llegado
Donde las huellas no mueren
Hay historias que no terminan por falta de amor,
sino por el peso de manos ajenas
que se atrevieron a romper
lo que jamás les perteneció.
Éramos dos almas sencillas,
dos corazones que solo buscaban un lugar
donde existir sin miedo,
sin tener que pedir permiso para amarse.
Pero hubo voces que hicieron del desprecio un refugio,
de la mentira una costumbre,
del control una cadena
y del miedo un idioma.
Donde debían florecer abrazos,
nacieron heridas.
Donde debían cuidar un corazón,
sembraron lágrimas.
Y donde debía existir paz,
levantaron muros tan altos
que hasta la esperanza aprendió a llorar en silencio.
Nos enseñaron que hay personas
capaces de apagar sonrisas
solo porque no soportan ver brillar la felicidad ajena.
Desde entonces aprendí
que el dolor también deja huellas.
Las deja en los ojos que ya no duermen,
en el pecho que se rompe cada noche,
en las oraciones que salen temblando,
en los recuerdos que regresan
cuando todo alrededor guarda silencio.
Hay huellas que nadie ve,
pero Dios sí.
Él conoce cada lágrima escondida,
cada insulto que hirió el alma,
cada humillación callada,
cada miedo,
cada noche preguntándome por qué.
Él sabe que hubo corazones
que nunca quisieron hacer daño,
que solo soñaban con caminar juntos.
Y también sabe quiénes eligieron sembrar dolor.
Por eso dejo mi tristeza en Sus manos.
Porque la justicia de los hombres puede tardar,
puede confundirse,
puede cerrar los ojos.
Pero la justicia de Dios jamás se pierde.
Él conoce la verdad
aunque todos la nieguen.
Conoce las intenciones
aunque las disfracen de buenas acciones.
Conoce el llanto que nadie escuchó
y las heridas que nunca tuvieron voz.
Por eso espero.
No porque el dolor haya terminado,
sino porque mi fe es más grande que mis lágrimas.
Espero el día
en que la verdad camine sin miedo.
El día en que cada uno encuentre el fruto de lo que sembró.
El día en que la paz venza al rencor,
la luz a la oscuridad
y el amor deje de ser castigado.
Y cuando Dios haya hecho justicia,
cuando el tiempo haya sanado lo que hoy sangra,
cuando las cadenas ya no existan
y el miedo haya perdido su nombre...
Ojalá esas dos almas vuelvan a encontrarse.
No con rencor.
No con cuentas pendientes.
Sino con la paz que solo Dios puede regalar.
Que vuelvan a mirarse
como quien regresa a casa después de una larga tormenta.
Que puedan tomarse de las manos
sin que nadie vuelva a separarlas.
Que las cicatrices no sean motivo de tristeza,
sino prueba de que el amor sobrevivió
a todo aquello que intentó destruirlo.
Y si algún día alguien pregunta
qué quedó de aquella historia...
Que respondan las huellas.
Las huellas de un amor que nunca dejó de ser verdadero.
Las huellas de dos corazones que resistieron en silencio.
Las huellas de un Dios que jamás abandonó a quienes lloraban.
Porque el amor nacido en la verdad
puede ser separado por un tiempo,
pero nunca vencido para siempre.
Y si es la voluntad de Dios,
después de la justicia,
después de las lágrimas,
después de tanto invierno...
volverán a encontrarse.
Y ese abrazo, esperado durante tanto tiempo,
hará entender que ninguna noche es eterna,
que ninguna injusticia tiene la última palabra
y que los caminos que Dios escribe con amor
siempre encuentran la forma de volver a unirse.
Hasta entonces, el corazón seguirá esperando.
No desde la desesperación,
sino desde la fe.
Porque hay amores que el mundo intenta romper,
pero que Dios guarda intactos
hasta el día en que, por fin,
puedan volver a florecer en paz.
Hay historias que no terminan por falta de amor,
sino por el peso de manos ajenas
que se atrevieron a romper
lo que jamás les perteneció.
Éramos dos almas sencillas,
dos corazones que solo buscaban un lugar
donde existir sin miedo,
sin tener que pedir permiso para amarse.
Pero hubo voces que hicieron del desprecio un refugio,
de la mentira una costumbre,
del control una cadena
y del miedo un idioma.
Donde debían florecer abrazos,
nacieron heridas.
Donde debían cuidar un corazón,
sembraron lágrimas.
Y donde debía existir paz,
levantaron muros tan altos
que hasta la esperanza aprendió a llorar en silencio.
Nos enseñaron que hay personas
capaces de apagar sonrisas
solo porque no soportan ver brillar la felicidad ajena.
Desde entonces aprendí
que el dolor también deja huellas.
Las deja en los ojos que ya no duermen,
en el pecho que se rompe cada noche,
en las oraciones que salen temblando,
en los recuerdos que regresan
cuando todo alrededor guarda silencio.
Hay huellas que nadie ve,
pero Dios sí.
Él conoce cada lágrima escondida,
cada insulto que hirió el alma,
cada humillación callada,
cada miedo,
cada noche preguntándome por qué.
Él sabe que hubo corazones
que nunca quisieron hacer daño,
que solo soñaban con caminar juntos.
Y también sabe quiénes eligieron sembrar dolor.
Por eso dejo mi tristeza en Sus manos.
Porque la justicia de los hombres puede tardar,
puede confundirse,
puede cerrar los ojos.
Pero la justicia de Dios jamás se pierde.
Él conoce la verdad
aunque todos la nieguen.
Conoce las intenciones
aunque las disfracen de buenas acciones.
Conoce el llanto que nadie escuchó
y las heridas que nunca tuvieron voz.
Por eso espero.
No porque el dolor haya terminado,
sino porque mi fe es más grande que mis lágrimas.
Espero el día
en que la verdad camine sin miedo.
El día en que cada uno encuentre el fruto de lo que sembró.
El día en que la paz venza al rencor,
la luz a la oscuridad
y el amor deje de ser castigado.
Y cuando Dios haya hecho justicia,
cuando el tiempo haya sanado lo que hoy sangra,
cuando las cadenas ya no existan
y el miedo haya perdido su nombre...
Ojalá esas dos almas vuelvan a encontrarse.
No con rencor.
No con cuentas pendientes.
Sino con la paz que solo Dios puede regalar.
Que vuelvan a mirarse
como quien regresa a casa después de una larga tormenta.
Que puedan tomarse de las manos
sin que nadie vuelva a separarlas.
Que las cicatrices no sean motivo de tristeza,
sino prueba de que el amor sobrevivió
a todo aquello que intentó destruirlo.
Y si algún día alguien pregunta
qué quedó de aquella historia...
Que respondan las huellas.
Las huellas de un amor que nunca dejó de ser verdadero.
Las huellas de dos corazones que resistieron en silencio.
Las huellas de un Dios que jamás abandonó a quienes lloraban.
Porque el amor nacido en la verdad
puede ser separado por un tiempo,
pero nunca vencido para siempre.
Y si es la voluntad de Dios,
después de la justicia,
después de las lágrimas,
después de tanto invierno...
volverán a encontrarse.
Y ese abrazo, esperado durante tanto tiempo,
hará entender que ninguna noche es eterna,
que ninguna injusticia tiene la última palabra
y que los caminos que Dios escribe con amor
siempre encuentran la forma de volver a unirse.
Hasta entonces, el corazón seguirá esperando.
No desde la desesperación,
sino desde la fe.
Porque hay amores que el mundo intenta romper,
pero que Dios guarda intactos
hasta el día en que, por fin,
puedan volver a florecer en paz.