Tomasa
Poeta recién llegado
-Al revisar sus efectos personales,
descubrimos un cuaderno,
(cosa extraña en la era digital),
donde se detallan vivencias
en formato de diario íntimo,
de entre las cuales
hemos dado en reproducir la siguiente-:
"No estará tan mal como te imaginas,
en peores plazas hemos toreado,
y al final estás haciendo algo
por personas que te lo van a agradecer
de verdad, sin falsedades ni fingimientos,
un baño de auténtica realidad,
una experiencia que te llevas
como quien se lleva un secreto a la tumba,
solo que con billete fresco de por medio;
piénsalo, a nadie le amarga un dulce".
Este párrafo a modo de arenga improvisada
no termina de conferirle a la situación
menos irrealidad de la que experimento;
los escrúpulos zumban por mi cabeza
como un comando de drones mal sincronizados;
no consigo disociarme lo suficiente
para sacudirme este miedo escénico,
este reparo afónico alzado en la conciencia.
Su madre está sentada en una esquina;
su mirada es un cuadro de resignación
mezclada con amor, una ternura seca
que la costumbre parece haber curado
al aire de azarosos infortunios.
Me cuesta concentrarme en la tarea
de un ritmo entre mecánico y trabado,
y a pesar de que no puedo ver su rostro,
me golpea la imagen de unos ojos achinados
donde nunca habitó la perspicacia.
Por fin esa ráfaga de roncos exabruptos
y un temblor hondo,
casi telúrico;
ya puedo dar por concluida la faena;
ahora queda despedirme con garbo,
comprar tabaco, pagar trampas,
y pelillos a la mar.
La dignidad, el consentimiento, la moral,
son palabras difíciles, enigmas envueltos
en una relativa niebla espesa
que mi razón no alcanza a disipar.
Salgo de aquí cargado de unas icógnitas
que probablemente jamás despejaré.
Y sí, para ser honesto,
hay cosas mucho peores,
no nos engañemos.
-Dejamos a discreción del lector
la responsabilidad de emitir su propio juicio
en virtud de los hechos relatados,
confiando en su criterio para extraer
las reflexiones pertinentes-.
descubrimos un cuaderno,
(cosa extraña en la era digital),
donde se detallan vivencias
en formato de diario íntimo,
de entre las cuales
hemos dado en reproducir la siguiente-:
"No estará tan mal como te imaginas,
en peores plazas hemos toreado,
y al final estás haciendo algo
por personas que te lo van a agradecer
de verdad, sin falsedades ni fingimientos,
un baño de auténtica realidad,
una experiencia que te llevas
como quien se lleva un secreto a la tumba,
solo que con billete fresco de por medio;
piénsalo, a nadie le amarga un dulce".
Este párrafo a modo de arenga improvisada
no termina de conferirle a la situación
menos irrealidad de la que experimento;
los escrúpulos zumban por mi cabeza
como un comando de drones mal sincronizados;
no consigo disociarme lo suficiente
para sacudirme este miedo escénico,
este reparo afónico alzado en la conciencia.
Su madre está sentada en una esquina;
su mirada es un cuadro de resignación
mezclada con amor, una ternura seca
que la costumbre parece haber curado
al aire de azarosos infortunios.
Me cuesta concentrarme en la tarea
de un ritmo entre mecánico y trabado,
y a pesar de que no puedo ver su rostro,
me golpea la imagen de unos ojos achinados
donde nunca habitó la perspicacia.
Por fin esa ráfaga de roncos exabruptos
y un temblor hondo,
casi telúrico;
ya puedo dar por concluida la faena;
ahora queda despedirme con garbo,
comprar tabaco, pagar trampas,
y pelillos a la mar.
La dignidad, el consentimiento, la moral,
son palabras difíciles, enigmas envueltos
en una relativa niebla espesa
que mi razón no alcanza a disipar.
Salgo de aquí cargado de unas icógnitas
que probablemente jamás despejaré.
Y sí, para ser honesto,
hay cosas mucho peores,
no nos engañemos.
-Dejamos a discreción del lector
la responsabilidad de emitir su propio juicio
en virtud de los hechos relatados,
confiando en su criterio para extraer
las reflexiones pertinentes-.
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