Alas de marioneta
Poeta asiduo al portal
Dónde están esas tantas ganas de mis ganas de llorar
que malvivían entre el absurdo de su sonrisa sin motivo.
Dónde habré aparcado el arrastrar de mis pies sin querer andar
más que el camino de vuelta para imaginar que nunca se había ido.
Dónde habré guardado mis oscuras gafas de disfrazar
la mirada engrisecida de mis mañanas sin haber dormido.
Dónde estará escondido aquel verso sin final,
malnacido entre las páginas manchadas de poemas contra el olvido.
Dónde habré perdido esas tantas ganas de acabar
con una vida que nació en su primer susurro contra mi oído,
allí, en el lado opuesto a mi copa, frente a la barra de nuestro bar,
donde no sé donde habré dejado colgada mi chaqueta de cada domingo.
Dónde habré olvidado su nombre de tanto y tanto pronunciar
las tres letras de sus dos vocales que rimaban con tanto haberla querido
que quiero saber donde estará su mirada para volverla a mirar,
como el día que me olvidé de todo, para solo querer que respirara conmigo.
Dónde estarán sus postales, esas que nunca me atreví a mandar,
por si al llegar a casa descubría que era yo quien se las había escrito.
Dónde habrá marchitado esa flor que nunca fui capaz de regalar
cada catorce de febrero, cuando al cruzarme con ella, fingía no haberla visto.
Dónde habrán caducado las primaveras de cuando llovía en mi sofá,
al desnudarme el alma y encontrar entre mis bolsillos
aquellas luces que nunca se han apagado, desde que fue Navidad
y quizás soñé escribirle un poema, aunque creo que no estaba dormido.
que malvivían entre el absurdo de su sonrisa sin motivo.
Dónde habré aparcado el arrastrar de mis pies sin querer andar
más que el camino de vuelta para imaginar que nunca se había ido.
Dónde habré guardado mis oscuras gafas de disfrazar
la mirada engrisecida de mis mañanas sin haber dormido.
Dónde estará escondido aquel verso sin final,
malnacido entre las páginas manchadas de poemas contra el olvido.
Dónde habré perdido esas tantas ganas de acabar
con una vida que nació en su primer susurro contra mi oído,
allí, en el lado opuesto a mi copa, frente a la barra de nuestro bar,
donde no sé donde habré dejado colgada mi chaqueta de cada domingo.
Dónde habré olvidado su nombre de tanto y tanto pronunciar
las tres letras de sus dos vocales que rimaban con tanto haberla querido
que quiero saber donde estará su mirada para volverla a mirar,
como el día que me olvidé de todo, para solo querer que respirara conmigo.
Dónde estarán sus postales, esas que nunca me atreví a mandar,
por si al llegar a casa descubría que era yo quien se las había escrito.
Dónde habrá marchitado esa flor que nunca fui capaz de regalar
cada catorce de febrero, cuando al cruzarme con ella, fingía no haberla visto.
Dónde habrán caducado las primaveras de cuando llovía en mi sofá,
al desnudarme el alma y encontrar entre mis bolsillos
aquellas luces que nunca se han apagado, desde que fue Navidad
y quizás soñé escribirle un poema, aunque creo que no estaba dormido.