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Christian
A Rosana.
Cuando todo duerme,
bajo la noche a lunares,
yo sólo espero
que llegue la madrugada,
y que camines dormida,
descalza, despeinada,
ebria, entre las paredes
y el marco de la puerta,
desde el dormitorio
hasta el cuarto azulejado
por la necesidad.
Y en ese momento
es tan gracioso extrañarte,
y es absurdamente sereno
el grito de tu almohada tibia
pidiéndote que vuelvas.
No hay sonido más preciado
que el de tus pies descalzos
que se acercan presurosos,
con la misma noción del espacio,
pero con multiplicada alegría.
Yo, aunque inmóvil,
festejo el santiamén
que tardó tu naturaleza,
y que se achique por suerte
el colchón que era tan grande.
Entonces,
con despliegue imperceptible,
girás para buscarme,
y mi impaciente inmovilidad
te cubre con sus brazos
recuperando nuestra forma,
que durará hasta que el cielo
se cambie de ropa.
Cuando todo duerme,
bajo la noche a lunares,
yo sólo espero
que llegue la madrugada,
y que camines dormida,
descalza, despeinada,
ebria, entre las paredes
y el marco de la puerta,
desde el dormitorio
hasta el cuarto azulejado
por la necesidad.
Y en ese momento
es tan gracioso extrañarte,
y es absurdamente sereno
el grito de tu almohada tibia
pidiéndote que vuelvas.
No hay sonido más preciado
que el de tus pies descalzos
que se acercan presurosos,
con la misma noción del espacio,
pero con multiplicada alegría.
Yo, aunque inmóvil,
festejo el santiamén
que tardó tu naturaleza,
y que se achique por suerte
el colchón que era tan grande.
Entonces,
con despliegue imperceptible,
girás para buscarme,
y mi impaciente inmovilidad
te cubre con sus brazos
recuperando nuestra forma,
que durará hasta que el cielo
se cambie de ropa.
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