Dos Minutos Antes

Bender Carvajal

Poeta recién llegado
Quisiera verte volver
y despertar un día
contigo a mi lado
y oler a tu cuerpo
de sol tibio de verano,
y tras el amanecer
de tus párpados
recibir la avalancha
de besos
con su suave
y dulce contacto;
despertar y mirarte
por la mañana
y entender que el lento
paso en esta vida
se da en la medida justa
de lo que amamos;
te recibiría
cual luz primera
con tu desnudes
levitando
por estos prados
donde la sequía
de tu figura
se ha desvestido
de primaveras
y se ha vuelto
cenagal.


Pero dos minutos
antes que tú
despiertes
yo ya tendría
tu mañana servida
de a colores
y transparencias,
me robaría
con los ojos infartados
esa desnudes tuya
que, mientras duermes,
suelo zozobrar
hacia el comodato
de mi memoria,
y allí tendida
de lado
con tu pasado
frente a mí
como una bandada
de pájaros
que te dibujan,
me grabo tu espalda
cóncava
que recibe lo convexo
por esta loca pasión
con que te hice;
antes de tu
“buen día”,
mientras duermes aún,
yo me secreteo
con tus hombros,
y le hago señas
a tu cuello,
mientras me sonríen
tus caderas
con el arco
de su tibieza,
inevitablemente
siembro besos
por tus brazos
e inevitablemente
se me pierde alguno
por el ramillete
castaño e intruso
que como una huella
dejas diseminado
en la complicidad
de nuestra cama;
tu trasero firme
que me invita
como un rabo de nubes
le pone alas
a mis manos
que no sabían de cielo
hasta que
tu montura
cabalgara
por mis llanuras,
tu trasero hermano
de tus muslos
que señalan el camino
de la vida,
tus piernas que huelen
a todas las cosas
que he deseado
en esta vida,
tus pies que me llevan,
me acompañan
y me siguen,
la planta de tus pies
compañera de mis hombros…
Ay… tus piernas, tus piernas…
tus piernas
que separo y aprieto
con vehemencia digital
para abrirme paso
hacia el Olimpo,
y como un Vesubio
desatarme
todo el amor
que te doy
y que te llevaste
para siempre,
tus piernas
enemigas
de mis distancias,
tus piernas
que me abrazan;
cinturón de tu cariño
tus piernas
que no me dejaban
escapar…


Pero tú no duermes,
tú sólo
con la cara volteada
sobre tus manos
en la almohada,
medio cierras
los párpados
mientras te recorre
un rubor inapropiado
y se te sale
un gesto placentero
y evidente
como un gozo
que desemboca.
Crees que no sé
que no duermes,
pero tú sabes
que te miro
con este juego
de querernos
a todas horas,
y como dos criaturas
perdidas
en una tierra
de chocolates
nos devoramos el amor
con esa ternura
tan propia de los amantes,
dos minutos antes
de que el sexo
venga
y nos haga mujer
y hombre
con propiedad
privada…


…


Quisiera verte volver
y despertar un día
contigo a mi lado…
 
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