Starsev Ionich
Poeta asiduo al portal
Drácula, Bram Stoker.
Este libro recuerdo que se lo regalé sin leerlo, estropeando su índice con una dedicatoria; escondiendo con unas palabras monosílabas y sin métrica, mi sed por beber su vida. No me tomé el atrevimiento de leerlo..., más que por pereza porque antes de entregarlo ya sabía que pertenecía a ella; a sus adolescentes vampiros conmocionados, a su salida a cine con su novio para ver Crepúsculo, y para hacer sus comparaciones con nadie sobre la evolución del vampiro en el arte –él, luego de la película no habría tenido el cerebro para hacerla, por mucho le habrá dedicado una canción de reggaetón de nombre "vampira". Le regalé ese libro, para que tuviera algo en común conmigo -aunque fuera algo forzado por mi-. No lo leí, porque sabía de antemano que nada que fuera de ella me pertenecería.
Así como tampoco leí una obra vampírica de una tal Andujar que ella me prestó, que rodó en mi maleta con mis días de incertidumbre y con sus tardes de desapego; que se desangró de desconcierto, porque por primera vez mi vida ocurría fuera de los libros y de sus fantasías: sonreía con sus ojos y me torturaba los fines de semana en que no compartíamos el mismo aire. Y este segundo libro también se marchitó con sus hojitas dobladas, con su borde amarillento y con sus puntas gastadas cuando lo devolví... Más por haberlo devuelto, que por haber sufrido en mi maleta desalmada y en mi lista de cosas pendientes. Porque a ella nada valía la pena robarle, ni el cliché de un libro viejo, ni una sonrisa exhumada a la fuerza con estupideces, ambiguas, pronunciadas entre razones y deseos.
Ella me robó: Mientras llueve, de Soto Aparicio, me robó cincuenta mil pesos, una página de Angelitos empantanados en donde Angelita le rompe el corazón al protagonista -en realidad yo la arranqué y se la entregué a modo de reto hecha un barquito de papel naufragado en una isla de dulces-. Desde el principio quise retar lo inevitable, y me terminó robando más que lo anterior: una motobomba velada por los vampiros sedientos.
Este libro recuerdo que se lo regalé sin leerlo, estropeando su índice con una dedicatoria; escondiendo con unas palabras monosílabas y sin métrica, mi sed por beber su vida. No me tomé el atrevimiento de leerlo..., más que por pereza porque antes de entregarlo ya sabía que pertenecía a ella; a sus adolescentes vampiros conmocionados, a su salida a cine con su novio para ver Crepúsculo, y para hacer sus comparaciones con nadie sobre la evolución del vampiro en el arte –él, luego de la película no habría tenido el cerebro para hacerla, por mucho le habrá dedicado una canción de reggaetón de nombre "vampira". Le regalé ese libro, para que tuviera algo en común conmigo -aunque fuera algo forzado por mi-. No lo leí, porque sabía de antemano que nada que fuera de ella me pertenecería.
Así como tampoco leí una obra vampírica de una tal Andujar que ella me prestó, que rodó en mi maleta con mis días de incertidumbre y con sus tardes de desapego; que se desangró de desconcierto, porque por primera vez mi vida ocurría fuera de los libros y de sus fantasías: sonreía con sus ojos y me torturaba los fines de semana en que no compartíamos el mismo aire. Y este segundo libro también se marchitó con sus hojitas dobladas, con su borde amarillento y con sus puntas gastadas cuando lo devolví... Más por haberlo devuelto, que por haber sufrido en mi maleta desalmada y en mi lista de cosas pendientes. Porque a ella nada valía la pena robarle, ni el cliché de un libro viejo, ni una sonrisa exhumada a la fuerza con estupideces, ambiguas, pronunciadas entre razones y deseos.
Ella me robó: Mientras llueve, de Soto Aparicio, me robó cincuenta mil pesos, una página de Angelitos empantanados en donde Angelita le rompe el corazón al protagonista -en realidad yo la arranqué y se la entregué a modo de reto hecha un barquito de papel naufragado en una isla de dulces-. Desde el principio quise retar lo inevitable, y me terminó robando más que lo anterior: una motobomba velada por los vampiros sedientos.
Última edición: