Tantas palabras quedaron por decir,
tantas miradas por dar.
Tuvimos tan poco tiempo, pero el suficiente,
el exacto,
para que tu huella nunca se borre de mi ser.
En él pude cumplir el objetivo de una vida, en un mes,
el solo hecho de respirar.
Respirar, suena tan fácil, mientras que fue tan difícil.
No lo pude lograr, hasta el día en el cual te conocí.
Fue una noche mientras el mundo, en su completa ignorancia, tristeza y enojo, una perfecta ensalada, seguía su transcurso.
Y en un indeterminado momento, comenzamos a hablar.
El tiempo pareció detenerse, simulando el fin del mundo, pero en cambio, fue el principio.
Las lágrimas desaparecieron, las sonrisas se asomaron, discretas por falta de uso.
El corazón, tranquilizado, luego de tantos latidos tristes y abrumadores, pudo percatar una sensación desconocida hasta el momento.
Me habías cambiado tanto, en tan poco tiempo,
que fue verdaderamente inexplicable.
El sol que yace en vos,
me ilumino justo en ese instante,
en el cual, cerrando los ojos, inconscientemente, me dirigía hacia un precipicio.
Me rescataste, extendí mis brazos, palpando los tuyos, y me dirigiste a tierra segura, para allí poder juntos estar.
Pero el viento, incansable, se asomo, celoso de nuestra felicidad, y tuvo la necesidad de interferir,
y... acepte.
Tiempo después, pude despertar, reaccionar.
Fue tarde para volver a encontrarte, sin embargo, preferí quedarme con los buenos momentos, con nuestro dulce noviembre como los mejores recuerdos de mi existencia,
que vivir cegada junto al remolino,
que dando vueltas, según su necesidad, me hacia bailar.
Y si, se sabe que, mas tarde, quise abrazarte, y expresar cuanto te necesite, y cuanto te quise.
Pero ya el tiempo que una vez nos unió, esta vez nos separo.
Y aun hoy solo cierro mis ojos, recordando nuestro dulce noviembre
ni antes, ni después,
solo esa mi feliz vida.