AnonimamenteYo
Poeta adicto al portal
Echo de menos el brasero en invierno,
un sol apagado en la memoria de mi infancia,
el olor a zapatilla chamuscada,
el rostro serio de mi madre enojada.
Jugar en la acera con los amigos.
llamarnos con apodos heredados,
porque los nombres nunca lo aprendimos.
Volver a casa con alguna herida,
la risa encajada en los bolsillos
o con la ropa pintada de barro.
Echo de menos mis botas de agua,
salir al recreo, saltar por los charcos.
Cantar: ¡Qué llueva, que llueva¡
volver a casa, cuando grita la sirena.
Perseguir bichos por el campo.
o sentarme al borde de la era
en el trono de un reino imaginario.
En las tardes de verano,
salir corriendo y sin rumbo
decir adónde ibas, no era necesario.
Sabías que ya no eran horas de explorar el mundo
cuando escuchabas la voz de tu madre
volar por encima del campanario.
Jugar con piedras y palos,
poderosos artilugios entre las manos
para afrontar aventuras
que solo en la mente teníamos.
Ser valientes guerreros,
inmortales en cada batalla,
o despiadados piratas
viviendo grandes hazañas.
Pero el desafío más grande,
al que podíamos enfrentarnos,
de esos que solo los héroes vuelven,
era desafiar y pisar el suelo mojado
al monstruo del castillo encantado.
Estos recuerdos no duermen
bajo llaves ni candado.
Reposan en mi cofre dorado
como un tesoro de amor callado
que siempre en vida
mis padres me otorgaron.
un sol apagado en la memoria de mi infancia,
el olor a zapatilla chamuscada,
el rostro serio de mi madre enojada.
Jugar en la acera con los amigos.
llamarnos con apodos heredados,
porque los nombres nunca lo aprendimos.
Volver a casa con alguna herida,
la risa encajada en los bolsillos
o con la ropa pintada de barro.
Echo de menos mis botas de agua,
salir al recreo, saltar por los charcos.
Cantar: ¡Qué llueva, que llueva¡
volver a casa, cuando grita la sirena.
Perseguir bichos por el campo.
o sentarme al borde de la era
en el trono de un reino imaginario.
En las tardes de verano,
salir corriendo y sin rumbo
decir adónde ibas, no era necesario.
Sabías que ya no eran horas de explorar el mundo
cuando escuchabas la voz de tu madre
volar por encima del campanario.
Jugar con piedras y palos,
poderosos artilugios entre las manos
para afrontar aventuras
que solo en la mente teníamos.
Ser valientes guerreros,
inmortales en cada batalla,
o despiadados piratas
viviendo grandes hazañas.
Pero el desafío más grande,
al que podíamos enfrentarnos,
de esos que solo los héroes vuelven,
era desafiar y pisar el suelo mojado
al monstruo del castillo encantado.
Estos recuerdos no duermen
bajo llaves ni candado.
Reposan en mi cofre dorado
como un tesoro de amor callado
que siempre en vida
mis padres me otorgaron.