MGAVILANES
Poeta recién llegado
Eclipse
Me muerdo las heridas,
esperando recordarte
y me arranco el llanto
para escuchar tu voz.
Me senté en silencio
a conversar con la noche,
le he preguntado,
que por qué se odia con el Sol.
En su respuesta, me canto con viento,
la opera de su pasado grandioso amor.
me mostró los cien mil brillantes,
que cuando fueron felices él le regaló,
Su mejor amiga la Luna
iluminó esta danza de horas
donde contemplé como su llanto,
se paseaba entre los árboles.
Y me conmovió su tristeza,
me cautivo su dolor,
el mío era apenas un infante
junto a su ya anciano padecer.
A la mañana siguiente
todo parecía distinto
esta vez mi tristeza era mayor
era compartida con el ayer.
Me rasgué los ojos y miré al gran astro,
estaba opaco, su brilló no era el mejor.
Y entonces se escondió tras de la Luna,
en el impotente intento de no sufrir.
Perdió el encanto, perdió la vida,
se encontró desierto, sin una flor.
Se cansó de esperar a solas
esa compañía que jamás llegó.
Estaba exhausto, cansado de brillar,
ignorado, incomprendido, abandonado.
Estaba deprimido, cansado de esperar,
el pobre se rindió a su lejanía y soledad.
Y sus ojos lloraban lágrimas de fuego,
era su sufrimiento una tormenta gris,
y en su infinita bondad la pintó con arcoíris
para, en algo, ocultar su tristeza.
Y después de todo aquello
lo inevitable sucedió.
Se encontró con su amada
en el ocaso de su dolor.
Él la besó en los labios e hicieron el amor,
sus cuerpos se vistieron de carmín.
Ella lo tomó de la mano suavemente,
lo besó una vez más y lo dejó partir.
Ahora me lamo las heridas,
esperando olvidarte
y me guardo el llanto,
a tu voz le digo adiós.
Me muerdo las heridas,
esperando recordarte
y me arranco el llanto
para escuchar tu voz.
Me senté en silencio
a conversar con la noche,
le he preguntado,
que por qué se odia con el Sol.
En su respuesta, me canto con viento,
la opera de su pasado grandioso amor.
me mostró los cien mil brillantes,
que cuando fueron felices él le regaló,
Su mejor amiga la Luna
iluminó esta danza de horas
donde contemplé como su llanto,
se paseaba entre los árboles.
Y me conmovió su tristeza,
me cautivo su dolor,
el mío era apenas un infante
junto a su ya anciano padecer.
A la mañana siguiente
todo parecía distinto
esta vez mi tristeza era mayor
era compartida con el ayer.
Me rasgué los ojos y miré al gran astro,
estaba opaco, su brilló no era el mejor.
Y entonces se escondió tras de la Luna,
en el impotente intento de no sufrir.
Perdió el encanto, perdió la vida,
se encontró desierto, sin una flor.
Se cansó de esperar a solas
esa compañía que jamás llegó.
Estaba exhausto, cansado de brillar,
ignorado, incomprendido, abandonado.
Estaba deprimido, cansado de esperar,
el pobre se rindió a su lejanía y soledad.
Y sus ojos lloraban lágrimas de fuego,
era su sufrimiento una tormenta gris,
y en su infinita bondad la pintó con arcoíris
para, en algo, ocultar su tristeza.
Y después de todo aquello
lo inevitable sucedió.
Se encontró con su amada
en el ocaso de su dolor.
Él la besó en los labios e hicieron el amor,
sus cuerpos se vistieron de carmín.
Ella lo tomó de la mano suavemente,
lo besó una vez más y lo dejó partir.
Ahora me lamo las heridas,
esperando olvidarte
y me guardo el llanto,
a tu voz le digo adiós.