Efímera

Alex Courant

Poeta adicto al portal
Junto a ti la noche pasaba
turgente como la carne de algún fruto.
Bajo las letras de tu nombre me cobijaba,
debajo de tu lengua yo dormía.
Era la flor de tus diecinueve años
un silencio de animales enjutos,
la voz de una luna nimbada.

En el fino clavel de tu figura
niños deshojaban, morena, tu sangre.
Eran tus ojos las cándidas hiedras
que cubrían al navío azul de mi tristeza,
a la ruina sin hora de mi melancolía,
al muro a sal de mi nostalgia.
Eran nuestros cuerpos, uno en el otro,
piedras que horadaban el fluir del río,
ríos que socavaban, indómitos,
la dureza estática de la piedra.

En ti iban acumulándose los nichos,
las auroras gemelas y los soles tatuados.
Eras, tu mujer, un aromoso verano,
el metal imantado de deseo,
un licor al alba; la espesa selva
que al filo del agua se renovaba
y al día mantenía, incolumne,
hasta su más recóndito acantilado.

Junto a ti era el hombre que sueña,
entre sus brazos, con su infancia.
El que todavía, como vírgenes heridas,
desclavaba mariposas de alfileres,
el que, al igual que un ansiado llanto,
al ave dejaba escapar de su jaula.














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Junto a ti la noche pasaba
turgente como la carne de algún fruto.
Bajo las letras de tu nombre me cobijaba,
debajo de tu lengua yo dormía.
Era la flor de tus diecinueve años
un silencio de animales enjutos,
la voz de una luna nimbada.

En el fino clavel de tu figura
niños deshojaban, morena, tu sangre.
Eran tus ojos las cándidas hiedras
que cubrían al navío azul de mi tristeza,
a la ruina sin hora de mi melancolía,
al muro a sal de mi nostalgia.
Eran nuestros cuerpos, uno en el otro,
piedras que horadaban el fluir del río,
ríos que socavaban, indómitos,
la dureza estática de la piedra.

En ti iban acumulándose los nichos,
las auroras gemelas y los soles tatuados.
Eras, tu mujer, un aromoso verano,
el metal imantado de deseo,
un licor al alba; la espesa selva
que al filo del agua se renovaba
y al día mantenía, incólumne,
hasta su más recóndito acantilado.

Junto a ti era el hombre que sueña,
entre sus brazos, con su infancia.
El que todavía, como vírgenes heridas,
desclavaba mariposas de alfileres,
el que, al igual que un ansiado llanto,
al ave dejaba escapar de su jaula.



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