Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
No fue la piedra quien aprendió el silencio,
sino la mano que olvidó tocarla.
No fue la noche quien inventó las sombras,
sino el primer espejo que temió mirarse.
Desde entonces,
el mundo escribe con tinta de relámpagos
sobre el cuaderno inmóvil de los mares,
y cada árbol pronuncia,
sin labios,
una palabra que ningún diccionario soporta.
Hay un río
que no atraviesa la tierra:
atraviesa la memoria.
En sus orillas beben los nombres perdidos,
las ciudades que jamás fueron fundadas,
los niños que aún conversan
con el idioma azul de las luciérnagas.
Yo vi una montaña
desvestirse de altura
para caber en el corazón de una semilla.
Vi una semilla
levantarse como un astro
hasta sostener el peso del horizonte.
Comprendí entonces
que toda grandeza
es apenas una forma humilde
de inclinarse ante el misterio.
Las horas no envejecen:
cambian de piel.
Los relojes sólo coleccionan esqueletos del tiempo,
mientras la eternidad
afila pacientemente
sus invisibles alas.
Hay pájaros
que construyen nidos
con las astillas de los sueños rotos;
y aun así,
cuando amanece,
nadie sospecha
que el canto nació primero
de una herida.
También la lluvia
aprendió a leer las cicatrices de la tierra,
y por eso cae despacio,
como quien besa
una antigua carta
antes de doblarla para siempre.
¿Quién dijo
que el universo termina
donde termina la mirada?
Cada pupila es una puerta
que el infinito deja entreabierta
para no quedarse solo.
He visto al viento
corregir con paciencia
las erratas del otoño.
He visto al polvo
recordar el nombre
de todas las estrellas caídas.
Y entendí,
al final del camino,
que vivir
no consiste en vencer a la muerte,
ni en dejar un monumento al olvido.
Vivir
es aprender el alfabeto secreto del viento,
pronunciar con la respiración
lo que el alma nunca consigue escribir,
y desaparecer un día,
tan levemente,
que el silencio,
agradecido,
nos conserve para siempre
como se conserva
la última luz
dentro de un cristal.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados
sino la mano que olvidó tocarla.
No fue la noche quien inventó las sombras,
sino el primer espejo que temió mirarse.
Desde entonces,
el mundo escribe con tinta de relámpagos
sobre el cuaderno inmóvil de los mares,
y cada árbol pronuncia,
sin labios,
una palabra que ningún diccionario soporta.
Hay un río
que no atraviesa la tierra:
atraviesa la memoria.
En sus orillas beben los nombres perdidos,
las ciudades que jamás fueron fundadas,
los niños que aún conversan
con el idioma azul de las luciérnagas.
Yo vi una montaña
desvestirse de altura
para caber en el corazón de una semilla.
Vi una semilla
levantarse como un astro
hasta sostener el peso del horizonte.
Comprendí entonces
que toda grandeza
es apenas una forma humilde
de inclinarse ante el misterio.
Las horas no envejecen:
cambian de piel.
Los relojes sólo coleccionan esqueletos del tiempo,
mientras la eternidad
afila pacientemente
sus invisibles alas.
Hay pájaros
que construyen nidos
con las astillas de los sueños rotos;
y aun así,
cuando amanece,
nadie sospecha
que el canto nació primero
de una herida.
También la lluvia
aprendió a leer las cicatrices de la tierra,
y por eso cae despacio,
como quien besa
una antigua carta
antes de doblarla para siempre.
¿Quién dijo
que el universo termina
donde termina la mirada?
Cada pupila es una puerta
que el infinito deja entreabierta
para no quedarse solo.
He visto al viento
corregir con paciencia
las erratas del otoño.
He visto al polvo
recordar el nombre
de todas las estrellas caídas.
Y entendí,
al final del camino,
que vivir
no consiste en vencer a la muerte,
ni en dejar un monumento al olvido.
Vivir
es aprender el alfabeto secreto del viento,
pronunciar con la respiración
lo que el alma nunca consigue escribir,
y desaparecer un día,
tan levemente,
que el silencio,
agradecido,
nos conserve para siempre
como se conserva
la última luz
dentro de un cristal.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados