jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
a fin de cuentas en lo que consiste realmente
esa dichosa "experiencia" que con los años
vamos adquiriendo mientras nos hacemos
cada día más viejos
es sencillamente en acabar de entender
que nadie quiere a nadie más que a sí mismo
que cada gesto, cada acercamiento, cada caricia
que obtuvimos de los otros fue una especie
de "te doy para que tú me des" enmascarado
detrás de una cursi retórica amorosa;
que la atracción de los cuerpos se rige en el fondo
por la ley de la oferta y la demanda
(¿quién retiene a su lado a una cuarentona menopáusica
habiendo tantas veinte años más jóvenes?);
que tener buen culo y buenas tetas es equivalente
a una maestría en finanzas o la gerencia de una multinacional
y el coño lo mismo que una american express:
la llave para abrir el mundo;
que debajo de todos nuestros fatigosos afanes
por llevar una vida apegada a ciertas convenciones
con casa, carro y el escorpión venenoso
en que se convirtió aquella dulce chica con que nos casamos
subsiste siempre la soterrada tentación
de mandar todo a la puta mierda y largarse a vivir
en medio del desierto, alimentándose de carroña
y follándose a las hienas y los zopilotes
y que nada, nunca, digan lo que digan
es gratis
.
esa dichosa "experiencia" que con los años
vamos adquiriendo mientras nos hacemos
cada día más viejos
es sencillamente en acabar de entender
que nadie quiere a nadie más que a sí mismo
que cada gesto, cada acercamiento, cada caricia
que obtuvimos de los otros fue una especie
de "te doy para que tú me des" enmascarado
detrás de una cursi retórica amorosa;
que la atracción de los cuerpos se rige en el fondo
por la ley de la oferta y la demanda
(¿quién retiene a su lado a una cuarentona menopáusica
habiendo tantas veinte años más jóvenes?);
que tener buen culo y buenas tetas es equivalente
a una maestría en finanzas o la gerencia de una multinacional
y el coño lo mismo que una american express:
la llave para abrir el mundo;
que debajo de todos nuestros fatigosos afanes
por llevar una vida apegada a ciertas convenciones
con casa, carro y el escorpión venenoso
en que se convirtió aquella dulce chica con que nos casamos
subsiste siempre la soterrada tentación
de mandar todo a la puta mierda y largarse a vivir
en medio del desierto, alimentándose de carroña
y follándose a las hienas y los zopilotes
y que nada, nunca, digan lo que digan
es gratis
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