Julius 12
Poeta que considera el portal su segunda casa
Prosigue redacción» Pág. 47 - 12 de febrero de 2023.
Desde que escuchó la primera estrofa del poema que Lucy Prat leía con fuerza imperativa: y al verla enfrascada , recitándola con maestría, se sintió complacido y atraído por su discreción y sus modales refinados. Esto ocurría en los momentos de la presentación que hizo de Ludían, intentando darle relieve ante un público vulgar, mayormente grosero y carente en algún grado de sutileza. En realidad debía extrañarse teniendo en cuenta la disparidad del público desconocedor del ambiente social de la literatura y del talento literario de la poetisa. Empero, a pesar de mostrar mala gana, prestaron una pizca de interés a Lucy Prat cuando ella forjó a su modo algunos elogios que pareció interesarles. Por su lado Miguel O. proseguía prendado de la poeta desde el momento en la que Lucy relataba su notable trayectoria. Sin embargo, tal insistencia, (que parecía -sui generis- el experimento de una maestra escolar), consiguió establecer algún orden en los obcecados parlanchines que en algunos momentos observaron con cierta curiosidad a la desconocida; con expresión desdibujada y cierta fijeza de interés relativo. Para entonces, Lucy Prat- predominaba en el ámbito con su evidente desempeño-, incluso consiguiendo imantar la atención de los distraídos. En tal instancia se dedicó a improvisar un discurso que terminó por causar cierta expectación.
Durante aquella reacción favorable sin embargo surgió aquel repudiable menjunje de silbidos y de aplausos ( una silbatina), pero Lucy Prat desestimó darle poder al propio disgusto aunque los caprichosos y fervientes bailarines volviesen a postular el desorden caótico anterior. Ella lo entendió: y dándose por conforme saludo agradecida. Mediante una señal Ludían sonriendo la siguió hacia el interior de la casa. Miguel O. creyó que el súbito cosquilleo ( que lo atrapó con poder inesperado y del cual tuvo consciencia debido a la confusión que experimentaba), le impelía a seguirlas. Pero en realidad al perderlas de vista: eligió el rastro de la ajetreada cocina, de donde ambas se esfumaron en un santiamén. Por lo tanto dedujo dos alternativas: que se hubiesen instalado en el parque,-- (adyacente a la parte trasera de la cocina), o que hubiesen trepado por la escalera caracol, en dirección a las habitaciones privativas de la planta alta.
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«Eres tan hermoso» (Du Bist Scôn)
Después de la entrega amorosa, la proyección abarcó la fase contradictoria que la resintió, pero de un modo paradojal surgió en Ludían el torbellino de las emociones del cual se desató aquella fuerza nítida e inexorable que la desconcertaba: al menos por el momento se trataba de un conato de la duda interviniendo. Eran esos instantes raros en los cuales avanzaba por un pasadizo donde, como un látigo, chasqueaba el sentimiento angustioso, causándole pánico al enredarla en la indecisión del sendero que no podía desechar con facilidad. Y sin embargo, cada vez, permanecía allí obnubilada por el estupor. Sin embargo, al alejarse de la serie de pensamientos amenazadores, volvía a centrarse en la serenidad y con su estabilidad emocional, alcanzaba de nuevo la mirada destellante y esplendorosa. Desde ese punto, retornaban las señales atávicas de los estímulos sensuales: de modo que quienes la cruzaban (en cualquier espacio) admiraban en la ondulación de su marcha la sensualidad del bello cuerpo, y la aureola brillante y sedosa que tal vez fuese un objetivo fidedigno como procrear el amor en la destilación de la grandeza, y en la rémora del corazón rebosante de la emoción más dulce parecerían quedar disueltos todos sus latidos; sin embargo, la pasión de Ludían, perpetuaba la desmesura: era perdurable y continuaba gestando la ingenua alegría del comienzo: ya sin más anhelos, sin más tumultos, ni chabacanería…
La confusión pasional se coligaba con la tendencia a serenarse, de manera que Ella retornaría al comienzo del arco iris. Del rostro singular de la cordobesa fluía la dicha esencial: El más puro estado de la dicha irresistible, con el aporte del hormigueo en su piel, prefigurando el fragor de la pasión y la sublimación.
En tal magnitud de las sensaciones de esos días, Miguel O. se desconcertó, como si desde el estado anterior de aislamiento, ella hubiese transitado por el actual estado de la gracia compartida. Sin interferencias, ambos continuaban con la urgente necesidad de seguir explorando la totalidad del amor.
De aquella manifestación perturbadora de la cordobesa resaltaba lo inesperado: lo inefable; por ejemplo: cuando alguien la miraba con insistencia, invariablemente se sonrojaba y, ante una pregunta halagadora, un requiebro o el piropo, abandonaba su tarea de escritorio alejándose con sus mejillas ruborizadas… Invariablemente, al ser rozada por las cuerdas de su instrumento espiritual más sensible se abstraía en una nota diluyente y en la confusión vergonzosa.
¿Acaso, no era inherente a Miguel O. asediarla con su fuerza seductora, lo cual hubo de ejercer al comienzo y durante el intenso proceso amoroso?
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El domingo salieron del departamento con presteza. Aparentemente sin rumbo y a paso enérgico, recorrieron trescientos metros por la Av. Directorio. No obstante, en un arranque imperioso, alejado de su pasividad habitual, al final de la tercera calle ella dobló a la izquierda en la esquina, y él se obligó a seguirla, pero, aunque desconcertado, reservó un poco más de su curiosidad. Ludían había acelerado el paso en tal forma que pareció participar de una competencia pedestre. A Miguel O., le causó gracia tal determinación, de modo que tragó como pudo la risita socarrona y al ponérsele a la par, preguntó:__ ¿me pierdo de algo?
— Es que hoy no me interesa la misa: solamente quiero experimentar la sanación mística— dijo mirándole con apariencia inmutable, aunque conteniendo la repentina excitación.
—¿…?
Y, luego, agregó impaciente:— es que necesito canalizar mi necesidad devota en otra forma.
En ese momento, en la Iglesia San José de Calasanz, una vez cerrada la liturgia de la misa, los feligreses, al salir purificados, formaron corrillos en el cordón de la vereda hasta desbordarla; precisaban de algún modo agruparse y en sus fisonomías reconfortadas patentizaban el entusiasmo.
A medida que el interior del templo recuperó el silencio; la quietud, en todo el ámbito, rezumó el poderoso aroma de las velas apagadas y los sahumerios.
En realidad, gradualmente, la expectación y el murmullo general se atenuaba y solo restaban los fieles aún dispersos. Muchos devotos habían apreciado en los altares y en el atrio un jardín de estatuas de santos y de ángeles con velones encendidos, que secundaban el trasfondo de cada actividad. Es probable que, por costumbre, los feligreses persistiesen en un modo de desplazamiento exhaustivo por cada sitio, no obstante, se destacaban sobre todo ante el altar de la Virgen y en recogimiento en el de la crucifixión. Por su parte, Miguel O., precedió a Ludían por las estaciones del viacrucis. Ese fue el comienzo. Luego, a uno y otro lado de los bancos monásticos, prosiguieron con los altares laterales. En el de la Virgen, flanqueada por dos ángeles, tamaño natural, emanaba la estremecedora sugestión de algún modo vívido, real.
Ludían se dio cuenta del significado de su búsqueda del universo espiritual. Para Miguel O., se trató de la fusión prodigiosa que la incluía: y a la lumbre de los velones, con sus pequeñas manos reposadas en su pecho, completaba la sensación cósmica de la piedad: y tal perspectiva componía la figura simbólica del arcano totalizador, (tal vez poco frecuente o irreconocible fuera del ámbito litúrgico). Miguel O., suponía, además, la propia compulsión. Aunque se inclinaba admitir lo excesivo, pensó que los velones refractaban una ilusión óptica.
Durante su travesía por la vereda de la plaza, con el sol a pleno y su andar distraído, lo sorprendió la inesperada fulguración azul etérea de su aura: luminiscencia que, desde su perspectiva, sobrepasaba lo mensurable. Esa noche la obsesión del aura ilimitada pareció situarse en los prolegómenos del acto amoroso: entonces con prontitud fue él quien decidió apaciguar de una vez sus inquietantes, desvaríos. Lo había atrapado cierta confusión y como debía salirse de la falacia, se dijo que si creía en aquella ilación también sería verosímil disponerse abrazar a un ángel, lo cual, al considerar aquel resplandor como absurdo e imperdonable, hubo de desecharlo hasta que tuvo la certeza de que se esfumaba paulatinamente.
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Desde que escuchó la primera estrofa del poema que Lucy Prat leía con fuerza imperativa: y al verla enfrascada , recitándola con maestría, se sintió complacido y atraído por su discreción y sus modales refinados. Esto ocurría en los momentos de la presentación que hizo de Ludían, intentando darle relieve ante un público vulgar, mayormente grosero y carente en algún grado de sutileza. En realidad debía extrañarse teniendo en cuenta la disparidad del público desconocedor del ambiente social de la literatura y del talento literario de la poetisa. Empero, a pesar de mostrar mala gana, prestaron una pizca de interés a Lucy Prat cuando ella forjó a su modo algunos elogios que pareció interesarles. Por su lado Miguel O. proseguía prendado de la poeta desde el momento en la que Lucy relataba su notable trayectoria. Sin embargo, tal insistencia, (que parecía -sui generis- el experimento de una maestra escolar), consiguió establecer algún orden en los obcecados parlanchines que en algunos momentos observaron con cierta curiosidad a la desconocida; con expresión desdibujada y cierta fijeza de interés relativo. Para entonces, Lucy Prat- predominaba en el ámbito con su evidente desempeño-, incluso consiguiendo imantar la atención de los distraídos. En tal instancia se dedicó a improvisar un discurso que terminó por causar cierta expectación.
Durante aquella reacción favorable sin embargo surgió aquel repudiable menjunje de silbidos y de aplausos ( una silbatina), pero Lucy Prat desestimó darle poder al propio disgusto aunque los caprichosos y fervientes bailarines volviesen a postular el desorden caótico anterior. Ella lo entendió: y dándose por conforme saludo agradecida. Mediante una señal Ludían sonriendo la siguió hacia el interior de la casa. Miguel O. creyó que el súbito cosquilleo ( que lo atrapó con poder inesperado y del cual tuvo consciencia debido a la confusión que experimentaba), le impelía a seguirlas. Pero en realidad al perderlas de vista: eligió el rastro de la ajetreada cocina, de donde ambas se esfumaron en un santiamén. Por lo tanto dedujo dos alternativas: que se hubiesen instalado en el parque,-- (adyacente a la parte trasera de la cocina), o que hubiesen trepado por la escalera caracol, en dirección a las habitaciones privativas de la planta alta.
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«Eres tan hermoso» (Du Bist Scôn)
Después de la entrega amorosa, la proyección abarcó la fase contradictoria que la resintió, pero de un modo paradojal surgió en Ludían el torbellino de las emociones del cual se desató aquella fuerza nítida e inexorable que la desconcertaba: al menos por el momento se trataba de un conato de la duda interviniendo. Eran esos instantes raros en los cuales avanzaba por un pasadizo donde, como un látigo, chasqueaba el sentimiento angustioso, causándole pánico al enredarla en la indecisión del sendero que no podía desechar con facilidad. Y sin embargo, cada vez, permanecía allí obnubilada por el estupor. Sin embargo, al alejarse de la serie de pensamientos amenazadores, volvía a centrarse en la serenidad y con su estabilidad emocional, alcanzaba de nuevo la mirada destellante y esplendorosa. Desde ese punto, retornaban las señales atávicas de los estímulos sensuales: de modo que quienes la cruzaban (en cualquier espacio) admiraban en la ondulación de su marcha la sensualidad del bello cuerpo, y la aureola brillante y sedosa que tal vez fuese un objetivo fidedigno como procrear el amor en la destilación de la grandeza, y en la rémora del corazón rebosante de la emoción más dulce parecerían quedar disueltos todos sus latidos; sin embargo, la pasión de Ludían, perpetuaba la desmesura: era perdurable y continuaba gestando la ingenua alegría del comienzo: ya sin más anhelos, sin más tumultos, ni chabacanería…
La confusión pasional se coligaba con la tendencia a serenarse, de manera que Ella retornaría al comienzo del arco iris. Del rostro singular de la cordobesa fluía la dicha esencial: El más puro estado de la dicha irresistible, con el aporte del hormigueo en su piel, prefigurando el fragor de la pasión y la sublimación.
En tal magnitud de las sensaciones de esos días, Miguel O. se desconcertó, como si desde el estado anterior de aislamiento, ella hubiese transitado por el actual estado de la gracia compartida. Sin interferencias, ambos continuaban con la urgente necesidad de seguir explorando la totalidad del amor.
De aquella manifestación perturbadora de la cordobesa resaltaba lo inesperado: lo inefable; por ejemplo: cuando alguien la miraba con insistencia, invariablemente se sonrojaba y, ante una pregunta halagadora, un requiebro o el piropo, abandonaba su tarea de escritorio alejándose con sus mejillas ruborizadas… Invariablemente, al ser rozada por las cuerdas de su instrumento espiritual más sensible se abstraía en una nota diluyente y en la confusión vergonzosa.
¿Acaso, no era inherente a Miguel O. asediarla con su fuerza seductora, lo cual hubo de ejercer al comienzo y durante el intenso proceso amoroso?
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El domingo salieron del departamento con presteza. Aparentemente sin rumbo y a paso enérgico, recorrieron trescientos metros por la Av. Directorio. No obstante, en un arranque imperioso, alejado de su pasividad habitual, al final de la tercera calle ella dobló a la izquierda en la esquina, y él se obligó a seguirla, pero, aunque desconcertado, reservó un poco más de su curiosidad. Ludían había acelerado el paso en tal forma que pareció participar de una competencia pedestre. A Miguel O., le causó gracia tal determinación, de modo que tragó como pudo la risita socarrona y al ponérsele a la par, preguntó:__ ¿me pierdo de algo?
— Es que hoy no me interesa la misa: solamente quiero experimentar la sanación mística— dijo mirándole con apariencia inmutable, aunque conteniendo la repentina excitación.
—¿…?
Y, luego, agregó impaciente:— es que necesito canalizar mi necesidad devota en otra forma.
En ese momento, en la Iglesia San José de Calasanz, una vez cerrada la liturgia de la misa, los feligreses, al salir purificados, formaron corrillos en el cordón de la vereda hasta desbordarla; precisaban de algún modo agruparse y en sus fisonomías reconfortadas patentizaban el entusiasmo.
A medida que el interior del templo recuperó el silencio; la quietud, en todo el ámbito, rezumó el poderoso aroma de las velas apagadas y los sahumerios.
En realidad, gradualmente, la expectación y el murmullo general se atenuaba y solo restaban los fieles aún dispersos. Muchos devotos habían apreciado en los altares y en el atrio un jardín de estatuas de santos y de ángeles con velones encendidos, que secundaban el trasfondo de cada actividad. Es probable que, por costumbre, los feligreses persistiesen en un modo de desplazamiento exhaustivo por cada sitio, no obstante, se destacaban sobre todo ante el altar de la Virgen y en recogimiento en el de la crucifixión. Por su parte, Miguel O., precedió a Ludían por las estaciones del viacrucis. Ese fue el comienzo. Luego, a uno y otro lado de los bancos monásticos, prosiguieron con los altares laterales. En el de la Virgen, flanqueada por dos ángeles, tamaño natural, emanaba la estremecedora sugestión de algún modo vívido, real.
Ludían se dio cuenta del significado de su búsqueda del universo espiritual. Para Miguel O., se trató de la fusión prodigiosa que la incluía: y a la lumbre de los velones, con sus pequeñas manos reposadas en su pecho, completaba la sensación cósmica de la piedad: y tal perspectiva componía la figura simbólica del arcano totalizador, (tal vez poco frecuente o irreconocible fuera del ámbito litúrgico). Miguel O., suponía, además, la propia compulsión. Aunque se inclinaba admitir lo excesivo, pensó que los velones refractaban una ilusión óptica.
Durante su travesía por la vereda de la plaza, con el sol a pleno y su andar distraído, lo sorprendió la inesperada fulguración azul etérea de su aura: luminiscencia que, desde su perspectiva, sobrepasaba lo mensurable. Esa noche la obsesión del aura ilimitada pareció situarse en los prolegómenos del acto amoroso: entonces con prontitud fue él quien decidió apaciguar de una vez sus inquietantes, desvaríos. Lo había atrapado cierta confusión y como debía salirse de la falacia, se dijo que si creía en aquella ilación también sería verosímil disponerse abrazar a un ángel, lo cual, al considerar aquel resplandor como absurdo e imperdonable, hubo de desecharlo hasta que tuvo la certeza de que se esfumaba paulatinamente.
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