Julius 12
Poeta que considera el portal su segunda casa
El Amor de Miguel O. - Parte 1.-
Durante esa noche y a pesar del agotamiento, los ronquidos de Miguel O., (impronta habitual) al aligerase comenzaron a volverse menos pétreos: pero ni bien entraba en la fase densa del sueño empezaba el intenso repaso de escenas en una pantalla muy activa, lo que al despertar lo sorprendía y a lo cual denominó: "desaforadas filmaciones del inconsciente", como si las escenas desarrollasen incoherentes, generadas por la energía de su mente.
Cerca del amanecer, lo despabiló el llamado del celular que se deslizó con languidez desde su mano hasta el alfombrado resistiendo su intención de aferrarle en la persistente oscuridad de la habitación. Cuando la comunicación se logró, la voz de Lucy Prat surgió alegre e imperiosa.
_¿Interrumpo hombre práctico?- dijo y, como otras veces, él memoró la maniática insistencia de su amiga.
_ Lucy, espera por favor. - Dijo él sin moderar el bostezo de noctámbulo. ¡precisaré algún tiempo para vestirme..!
Si prometes llamarme, esperaré con gusto:- replicó ella levemente capciosa. Acordaron hablar después.
Miguel O. calzó las pantuflas, pero antes de la ducha practicó con su rutina de elongaciones. Aunque la continuidad reafirmaba su musculatura con los ejercicios y la dieta, deploraba la resistente flacidez de la cintura causante de su malhumor: pormenor que se le imponía dejándole con fastidio. Mientras elegía la chaqueta de abrigo, echó un vistazo por la raja hacia el Jardín oscuro y el amanecer perturbador; en lo alto se extendía el obstinado color plomizo y en lo bajo esparcía, sobre las veredas de la ciudad, en los canteros con césped, el agradable rocío nevado. Pero poco después, el sol empezó abrirse en brioso esplendor, empujando en lo alto las nubes sonrosadas: reiterando la flamante creación al perfilar la superficie fascinadora del fenómeno.
Ya vestido Miguel O. llamó a su amiga.
_ Hola Lucy, te escucho.
_ ¿Acaso leíste la nota que dejo el mensajero?
Aún con fastidio, recordó el incidente del día anterior en la autopista Sur. A raíz de la intempestiva tormenta el vehículo se acercaba al suyo peligrosamente por detrás, girando en trompo. La maniobra de aceleración instintiva, evitó el encontronazo: aquel vehículo ( impulsado por el extraño impulso de volar) parecía haber despegado como una ballena en el repentino océano lluvioso y en forma de tirabuzón arremetía inmerso en un extraño y alocado remolino: con cada maniobra el conductor aterrado tragó saliva sin conseguir estabilizarse. En tal maremágnum prosiguió la confusión, sin quedarle claro cómo consiguió esquivar el poste de luz ni como terminó incrustado en la banquina, en posición ladeada.
Bajo el derrame incesante de la lluvia parecía una bestia lastimada, y adoptando una magnánima postura contemplativa.
Miguel O., ya detenido sobre la banquina a unos cien metros, descendió. Sin el paraguas apresuró el paso del tramo de la ruta hasta el Peugeot.
El conductor, aunque demudado, no evadió su pregunta:— Mire, no superé el límite —dijo en medio de jadeos y con los ojos celestes desmesurados: tal vez con intención de disculparse, agregó:— ¡Venía a 80 Km!
El hombre que acababa de afrontar lo imprevisible, era experimentado, tenía la mirada inteligente, pero por unos momentos lo observó en extravío. Luego se calmó. _ ¿Lo rocé fuerte? _ dijo a modo de disculpa.
_ Quedó deformado el paragolpes._ dijo Miguel O.,
De inmediato acordaron la denuncia para el lunes. Dijo que era el Gerente de una fábrica de alfajores que solía viajar a Mar del Plata y junto con sus datos le pasó el número del celular.
Miguel O., llegó al garaje cerca de las diez de la noche. Caminó hacia el edificio sin tener con qué cubrirse ( todo él chorreaba: todo él, subía al tercero, derramando borbotones... Abrió la puerta arrastrando los encharcados zapatos, restregándolos en el felpudo y aplastando sin piedad el sobre embarrado que había contenido la nota desapercibida de su amiga Lucy Prat, ahora ilegible y en añicos.
“Continuará”en página
Durante esa noche y a pesar del agotamiento, los ronquidos de Miguel O., (impronta habitual) al aligerase comenzaron a volverse menos pétreos: pero ni bien entraba en la fase densa del sueño empezaba el intenso repaso de escenas en una pantalla muy activa, lo que al despertar lo sorprendía y a lo cual denominó: "desaforadas filmaciones del inconsciente", como si las escenas desarrollasen incoherentes, generadas por la energía de su mente.
Cerca del amanecer, lo despabiló el llamado del celular que se deslizó con languidez desde su mano hasta el alfombrado resistiendo su intención de aferrarle en la persistente oscuridad de la habitación. Cuando la comunicación se logró, la voz de Lucy Prat surgió alegre e imperiosa.
_¿Interrumpo hombre práctico?- dijo y, como otras veces, él memoró la maniática insistencia de su amiga.
_ Lucy, espera por favor. - Dijo él sin moderar el bostezo de noctámbulo. ¡precisaré algún tiempo para vestirme..!
Si prometes llamarme, esperaré con gusto:- replicó ella levemente capciosa. Acordaron hablar después.
Miguel O. calzó las pantuflas, pero antes de la ducha practicó con su rutina de elongaciones. Aunque la continuidad reafirmaba su musculatura con los ejercicios y la dieta, deploraba la resistente flacidez de la cintura causante de su malhumor: pormenor que se le imponía dejándole con fastidio. Mientras elegía la chaqueta de abrigo, echó un vistazo por la raja hacia el Jardín oscuro y el amanecer perturbador; en lo alto se extendía el obstinado color plomizo y en lo bajo esparcía, sobre las veredas de la ciudad, en los canteros con césped, el agradable rocío nevado. Pero poco después, el sol empezó abrirse en brioso esplendor, empujando en lo alto las nubes sonrosadas: reiterando la flamante creación al perfilar la superficie fascinadora del fenómeno.
Ya vestido Miguel O. llamó a su amiga.
_ Hola Lucy, te escucho.
_ ¿Acaso leíste la nota que dejo el mensajero?
Aún con fastidio, recordó el incidente del día anterior en la autopista Sur. A raíz de la intempestiva tormenta el vehículo se acercaba al suyo peligrosamente por detrás, girando en trompo. La maniobra de aceleración instintiva, evitó el encontronazo: aquel vehículo ( impulsado por el extraño impulso de volar) parecía haber despegado como una ballena en el repentino océano lluvioso y en forma de tirabuzón arremetía inmerso en un extraño y alocado remolino: con cada maniobra el conductor aterrado tragó saliva sin conseguir estabilizarse. En tal maremágnum prosiguió la confusión, sin quedarle claro cómo consiguió esquivar el poste de luz ni como terminó incrustado en la banquina, en posición ladeada.
Bajo el derrame incesante de la lluvia parecía una bestia lastimada, y adoptando una magnánima postura contemplativa.
Miguel O., ya detenido sobre la banquina a unos cien metros, descendió. Sin el paraguas apresuró el paso del tramo de la ruta hasta el Peugeot.
El conductor, aunque demudado, no evadió su pregunta:— Mire, no superé el límite —dijo en medio de jadeos y con los ojos celestes desmesurados: tal vez con intención de disculparse, agregó:— ¡Venía a 80 Km!
El hombre que acababa de afrontar lo imprevisible, era experimentado, tenía la mirada inteligente, pero por unos momentos lo observó en extravío. Luego se calmó. _ ¿Lo rocé fuerte? _ dijo a modo de disculpa.
_ Quedó deformado el paragolpes._ dijo Miguel O.,
De inmediato acordaron la denuncia para el lunes. Dijo que era el Gerente de una fábrica de alfajores que solía viajar a Mar del Plata y junto con sus datos le pasó el número del celular.
Miguel O., llegó al garaje cerca de las diez de la noche. Caminó hacia el edificio sin tener con qué cubrirse ( todo él chorreaba: todo él, subía al tercero, derramando borbotones... Abrió la puerta arrastrando los encharcados zapatos, restregándolos en el felpudo y aplastando sin piedad el sobre embarrado que había contenido la nota desapercibida de su amiga Lucy Prat, ahora ilegible y en añicos.
“Continuará”en página
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